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jueves, 10 de julio de 2014

La chica 100% perfecta para mí

The Most Beautiful Girl In The World by Charlie Rich on Grooveshark

La chica ciento por ciento perfecta para mí







 Por Haruki Murakami

Una gloriosa mañana de abril del año 1981, caminando por el distrito Harajuku de Tokio, me cruzo con la chica ciento por ciento perfecta para mí. No es especialmente linda, nada en ella llama la atención, su pelo conserva todavía la marca de la almohada. Tampoco es joven (ha de andar por los treinta, o sea que ni siquiera califica del todo como chica, si hablamos con propiedad). Pero aun así, ya a cincuenta metros de distancia, sé que es la chica ciento por ciento perfecta para mí.
Cada uno tiene su tipo favorito de chica: las de tobillos finos, las de ojos grandes, las de manos hermosas. Yo también tengo mis preferencias: a veces me quedo mirando @do a una chica sólo por la forma de su nariz. Pero nadie puede garantizarnos que la chica ciento por ciento perfecta para nosotros responda a nuestros gustos. A pesar de mi confesa debilidad por cierta clase de nariz, no puedo recordar la forma que tenía la de ella. Lo único que recuerdo es que nada llamaba la atención. Sé que es extraño. Me imagino contándoselo a un amigo: “Ayer me crucé por la calle a la chica ciento por ciento perfecta para mí”. “¿Sí? ¿Era muy hermosa?” “No especialmente.” “¿Pero era tu tipo?” “No sé, no puedo recordar ni el color de sus ojos ni el tamaño de sus tetas.” “Qué cosa más rara”, diría mi amigo, ya aburrido. “¿Y qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?” “No, sólo me la crucé por la calle.”
Ella viene caminando en dirección al oeste; yo voy hacia el este. Es una mañana gloriosa. Que se volvería doblemente gloriosa si me atreviera a hablarle cuando nos crucemos. Sólo unos minutos para explicarle las complejidades del destino que condujeron nuestros pasos hasta esta calle de Harajuku en esta gloriosa mañana de abril. Sería un monólogo hecho de detalles perfectamente encastrados entre sí, como esos relojes construidos en los tiempos en que la paz reinaba en el mundo. Después de esa conversación en la calle iríamos a almorzar, y después al cine o a un bar a tomar unos tragos, y con un poco de suerte terminaríamos en la cama. Así es como golpea el destino la puerta de nuestro corazón. Pero la distancia entre ella y yo se ha acortado ahora a menos de quince metros. ¿Cómo hacer para abordarla? ¿Qué decir?
“Buen día, preciosa. ¿Puedo robarte unos minutos de tu valiosísimo tiempo?” Ridículo; me consideraría un vendedor de seguros. “¿Podrías decirme dónde hay un lavadero cerca?” Igual de ridículo: no llevo ninguna bolsa de ropa sucia. Quizá lo mejor sería decirle la verdad: “¿Sabes que eres la chica ciento por ciento perfecta para mí?”. No, no me creería. Incluso si me creyera, no le interesaría hablar conmigo: “Lo lamento”, me diría, “puede que yo sea la chica ciento por ciento perfecta para ti, pero tú no eres el chico ciento por ciento perfecto para mí.” Y si ocurriera eso, me derrumbaría, nunca me recobraría del impacto. Ya tengo treinta y dos años, y ésa es la clase de cosas que vienen con la edad.
Cuando por fin nos cruzamos es justo delante de un puesto de flores. Una levísima masa de aire cálido toca mi piel. El asfalto está húmedo, el aroma de las flores también. Ella tiene puesto un suéter blanco y lleva en la mano derecha un sobre igual de inmaculado. Está yendo al correo a despachar esa carta. Que estuvo toda la noche escribiendo, a juzgar por el cansancio de su mirada y el estado de su peinado. Quizás ese sobre contiene todos sus secretos. Unos pasos después de cruzarme con ella me doy vuelta a mirarla, pero ya se ha esfumado entre la multitud. Y, como siempre sucede, recién ahora se me ocurre qué tendría que haberle dicho, aunque sea demasiado largo, y demasiado complicado de decir en la calle, a una desconocida. El monólogo habría empezado con “Había una vez” y terminado con “Qué historia triste, ¿no?”, porque así empiezan y terminan todas las historias.
Había una vez un chico y una chica. El chico tenía dieciocho años y la chica dieciséis. El no era especialmente atractivo y ella no era especialmente linda. Eran un chico y una chica como cualquier otro. Pero los dos creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo había alguien ciento por ciento perfecto para ellos. Sí, los dos creían en milagros. Y el milagro ocurrió. Un día los dos se cruzaron por la calle. “Alucinante”, dijo él. “Te estuve buscando toda mi vida. Aunque no me creas, eres la chica ciento por ciento perfecta para mí.” “Y tú eres el chico ciento por ciento perfecto para mí”, dijo ella. “Eres tal como te imaginaba. Es como un sueño.” Se sentaron en el banco de una plaza, tomados de las manos, y se contaron la historia de sus vidas. Hablaron durante horas. Ya no habría soledad para ellos: habían encontrado a la persona ciento por ciento perfecta para el otro. Un milagro, un milagro cósmico. Sin embargo, mientras conversaban, un ínfimo matiz de duda fue asomando en sus corazones: ¿podía ser que los sueños se hicieran realidad tan fácilmente? En un silencio de la conversación, el chico le dijo a la chica: “Probémonos. Por una única vez. Si realmente somos ciento por ciento perfectos para el otro, volveremos a encontrarnos. Y cuando eso ocurra sabremos que somos el uno para el otro, y nos casaremos, ese mismo día. ¿Qué dices?”. Ella asintió: “Es lo que debemos hacer”. Así que se levantaron del banco y se alejaron por el parque, uno hacia el este y la otra hacia el oeste.
Pero el trato que habían convenido era por completo innecesario. De hecho, jamás debieron comprometerse a tal cosa, porque eran realmente el uno para el otro, y sólo un auténtico milagro había permitido que se encontraran. Pero, claro, cómo iban a saber tal cosa dos mocosos como ellos. Las caprichosas mareas del destino procedieron entonces a sacudirlos sin piedad. Un invierno, tanto él como ella pescaron una terrible gripe que atacó la ciudad. Luego de tenerlos más de una semana entre la vida y la muerte, el virus remitió, pero les borró la memoria. Cuando despertaron, ambos carecían de todo recuerdo de su vida previa a la enfermedad. Como eran dos jóvenes voluntariosos y decididos, lograron a través de esfuerzos incansables ir adquiriendo los recursos básicos para interactuar nuevamente en sociedad. Pudieron convertirse en buenos ciudadanos, que se orientaban perfectamente cuando tenían que hacer combinación de líneas en el metro o llamadas telefónicas de cobro revertido. Incluso fueron capaces de enamorarse de nuevo, llegando a veces a estar con la persona setenta y cinco por ciento, hasta ochenta por ciento perfecta para ellos. El tiempo pasó con asombrosa rapidez. Pronto él tuvo treinta y dos años y ella treinta. Y una mañana maravillosa de abril del año 1981, él andaba buscando un bar donde tomarse una taza de café y ella iba al correo a despachar una carta. Ella iba en dirección oeste y él en dirección este por la misma callecita de Harajuku. Cuando se vieron, un leve chispazo iluminó durante el más breve de los instantes los pasillos vacíos de sus memorias. Cada uno sintió un temblor en el pecho y supo:
Es la chica ciento por ciento perfecta para mí.
Es el chico ciento por ciento perfecto para mí.
Pero aquel destello de sus memorias fue demasiado leve y ni el uno ni el otro tuvo la claridad de pensamiento que había tenido catorce años antes. Se cruzaron sin decirse una palabra, frente a un puesto de flores, y cada uno siguió su rumbo, hasta perderse en la multitud, para siempre.
Qué historia triste, ¿no?
Sí, eso es exactamente lo que debería haberle dicho.
Traducción: Juan Forn. Página 12 Contratapa

viernes, 7 de febrero de 2014

James Meek

Creí haber posteado este relato de Juan Forn; y al querer releerlo, no lo encuentro en mi blog. Tal vez ... bueno, lo real es que no recordaba la fecha de lectura, y si el autor era forn, jitrik, o... no pude encontrarlo en primera instancia en pagina12. 
Encontré el artículo buscando con palabras relacionadas a la primera guerra, siberia, rusia...y una parte que me impactó del mismo: cuando cuenta del estudiante en prision y la huida...
por aquí sigue el calor, así que viene bien postearlo:


Un cuento siberiano contra el calor

 Por Juan Forn

El calor no afloja, así que ésta va a ser una historia de horror: un poco de frío en el alma para equilibrar la canícula externa, como recomiendan los japoneses, especialistas en embellecer todo aquello de lo que se apropian. En este caso, la idea la sacaron de los mongoles, que se la habían copiado a los tártaros de Siberia, que sostienen que los peores cuentos de terror se cuentan al sol, al calor del brevísimo pero agobiante verano siberiano, que no cesa de noche porque no anochece, porque los cuentos de terror tártaros logran paralizar el tiempo y helar la sangre del que escucha. Estamos en la taiga siberiana, entonces. El año es 1919, y por esas carambolas absurdas de la Historia, un ejército de fantasmas llamado La Legión Checa tiene el control del Transiberiano. La Primera Guerra (que es la razón de que estén ahí) ya ha terminado en Europa, pero ellos siguen en Siberia. Y el confín del mundo se les ha subido a la cabeza, en forma de delirio: mientras el bueno de Tomás Mazaryk intenta sacarle permiso a Inglaterra y Francia para que las antiguas provincias de Bohemia y Eslovaquia del imperio austríaco puedan convertirse en la República de Checoslovaquia, La Legión anuncia desde Siberia que esa lonja de tres metros de ancho por nueve mil kilómetros de largo que va desde el fin de Europa hasta el Pacífico es suelo checo.
Esto mientras en Rusia había una salvaje guerra civil. Los bolcheviques habían tomado el poder, pero en el Ejército Blanco confluían zaristas, cosacos y mencheviques. Ambos bandos necesitaban el control del Transiberiano para vencer al enemigo, sin tren era imposible trasladar hombres y armas por ese territorio tan vasto, y por eso ninguno lograba imponerse al otro y a La Legión Checa a la vez (a quienes los blancos acusaban de haberse quedado con el oro de los Romanov y los bolcheviques odiaban aún más que a los blancos). La Legión Checa eran cincuenta mil desharrapados, vestidos con fragmentos de dos docenas de ejércitos, un bestiario de cuero y lana desparramado en lotes de cien por las poblaciones que había en cada una de los paradas del Transiberiano. Eran irremediablemente extranjeros, eran una incongruencia hasta para ellos mismos, pero no se movían de ahí. De la localidad de Yazik, por ejemplo. El capitán Matula, al mando de sus cien hombres (que entre todos suman 945 dedos de los pies, el resto perdidos por congelamiento), ha tomado el pueblo sin resistencia, porque lo antecedía la noticia de la matanza que perpetró en la vecina aldea de Staraia Krepost. Sus hombres, a lo largo de esos cinco años fuera de casa, han peleado por el emperador de los austríacos contra el emperador de los rusos, por el emperador de los rusos contra el terror rojo, con los cosacos y zaristas y mencheviques del Ejército Blanco y luego contra ellos, mientras se iban internando cada vez más en Siberia. Lo que ven los habitantes de Yazik en el sanguinario capitán Matula es sencillamente una nueva forma del enemigo inmemorial, y adoptan la misma táctica pasiva que repiten desde tiempo inmemorial: cerrar filas, simular obediencia y esperar que una nueva encarnación del Oscuro destrone al capitán Matula (esa nueva encarnación serán los bolcheviques, cuyas tropas están a veinte kilómetros de Yazik, del otro lado del bosque).
Me faltó decir que los habitantes de Yazik son en su mayoría miembros de las Palomas Blancas, una secta cristiana no violenta, que no come carne y sólo cree en la propiedad comunitaria y la asistencia mutua: una especie de amish siberianos, sólo que castrados o emasculados: el único derramamiento de sangre que aceptaban las Palomas Blancas era el que implicaba el cercenamiento de sus genitales. Como eran cristianos, pacíficos y reconstruían el pueblo cada vez que era arrasado, el zar los había tolerado, y como tenían contacto con los chamanes y espíritus del bosque, los cosacos no se ensañaban con ellos, sólo les decapitaban alguno cada tanto, pero les permitían que, cada vez que moría uno, emascularan a otro, y la secta no se extinguiera. Un poco el mismo procedimiento existía en La Legión Checa: cada vez que caía un oficial, el siguiente en la cadena de mando arrancaba las jinetas del muerto y adoptaba automáticamente su rango. Así había llegado a capitán el cabo Matula: arrancando jinetas a los muertos. Tenía veinticuatro años y sus ojos ya lo habían visto todo. Y entonces llegó el terror.
Una de sus patrullas trae arrestado a un fugitivo barbudo, pura piel y huesos. Dice que viene escapando de un gulag mil kilómetros al norte, lleva caminando ocho meses, pero eso no importa, lo que importa es que no huyó solo. Y cuando cuenta su plan de fuga hiela la sangre de los checos: él no es nadie, apenas un estudiante que llegó a aquel campo en Siberia condenado a diez años, no hubiera sobrevivido ni un invierno si no lo hubiera adoptado Samarin, a quien temían todos, hasta los guardias. Samarin se encargó de que el estudiante estuviera bien comido y picaba piedras a su lado y dormía a su lado también para protegerle el sueño, y cuando llegó la primavera lo arrastró con él cuando se fugó del campo. Pero el deshielo no había comenzado y no había nada que comer en la tundra y de pronto el estudiante comprendió que Samarin se lo había llevado con él como alimento. Desde entonces venía huyendo, pero Samarin le seguía los pasos de cerca, eso era lo que importaba, dijo el estudiante: que Samarin estaba cerca, y que estaba anhelante de carne humana. Porque Samarin era algo más que un caníbal: era La Destrucción misma. Hasta los chamanes del bosque lo habían percibido, dijeron las Palomas Blancas, que tenían sus maneras de mantenerse al tanto, de oler el peligro. Samarin era las cien mil maldiciones que el pueblo mascullaba diariamente contra su condición de esclavo. Samarin venía a terminar con todo. Medir a ese hombre con la misma vara que a la gente corriente sería como juzgar a una inundación por las víctimas que perecen en ella: las aguas vuelven a su cauce y la inundación desaparece, pero la tierra ya no es la misma, y Yazik no sería la misma cuando llegara Samarin.
Y de hecho no lo fue. Y la revolución se comió a sus hijos. Allanado el camino por Samarin, las tropas al otro lado del bosque tomaron Yazik y el Ejército Rojo tomó control del Transiberiano y ganó la guerra civil. Las Palomas Blancas duraron poco en la era soviética, pero no por motivos ideológicos: les descubrieron que tenían dos mil vacas escondidas en el bosque. La Legión Checa también existió: terminaron cediendo posiciones precipitadamente y retirándose al este hasta llegar a Vladivostok, y de ahí lograron embarcarse a Alaska, y cruzaron América y el Atlántico para llegar a su país. Hay quienes lo cuentan como una gesta; yo creo que tenían el oro de los Romanov, pero ésa es otra historia y los sobrevivientes de La Legión Checa se guardaron muy bien de revelarla. El capitán Matula no estaba entre ellos, su cabeza había rodado en el barro en Yazik. La historia la cuenta el inglés residente en Rusia James Meek en su novela Por amor al pueblo. Léanla, si quieren, y les va a bajar la sensación térmica diez grados.

Por amor al pueblo

de James Meek

RAFAEL NARBONA |

Traducción de Luis Murillo Fort. Salamandra. Barcelona, 2006. 416 páginas
James Meek (Londres, 1962) ha recuperado un fragmento de su historia para mostrar la impotencia del ser humano ante las perversiones de la política y la religión. La desintegración del despotismo zarista hundirá a Rusia en el caos. Yazik es un pueblo inhóspito en el que se han refugiado los restos de la Legión checa y la secta religiosa Palomas Blancas. Sus seguidores se consideran ángeles. Los genitales son la causa del pecado y la única posibilidad de recuperar la inocencia del Paraíso reside en la castración. Los nativos (tungús) de la taiga contemplan a los extraños con estupor. En vano, sus chamanes intentan restituir el equilibrio entre el Cielo y la Tierra.

La Legión checa es un cuerpo espectral, que, con la desaparición del imperio austro-húngaro, ha quedado fuera de la historia. Su comandante se niega regresar a casa. Es preferible gobernar un pequeño pueblo que regresar a la mediocridad. La aparición de Samarin, revolucionario anarquista fugado de un antiguo penal, rompe la insólita rutina de una comunidad sin futuro. Samarin advierte que le persigue El Mohicano, un peligroso delincuente que ha conseguido sobrevivir en la tundra recurriendo al canibalismo. La trama avanza con un prodigioso sentido del ritmo narrativo. Meek mantiene el suspense, sin renunciar a explorar las catacumbas de la condición humana. La estrafalaria teología de las Palomas Blancas nos confirma que el fanatismo religioso sólo produce infelicidad, pero sería un error contemplar su inmolación como un gesto de irracionalidad. El hombre pretende ir más allá de sí mismo y está dispuesto a destruirse. Los bolcheviques que asaltan Yazik son la otra cara de la utopía teológica, pues el marxismo no es política, sino religión. La desaparición de las clases y la propiedad privada justifican el genocidio de los enemigos del pueblo.

En medio de la violencia, aún hay espacio para el deseo irracional, o para el amor sagrado, con las dosis de horror de las religiones arcaicas. Anna Petrovna es la viuda de un húsar que se entrega a un hombre tras otro. El Mohicano convierte el canibalismo en un acto de amor. Devorar a un semejante sólo es una forma de comunión. Los cristianos se comen el cuerpo de su Redentor y los tungús celebran ritos que evocan un banquete primigenio, cuyo único plato eran los restos de reyes y dioses. Meek infunde verosimilitud al relato con una prosa poderosa, que funde reflexión y observación. Hay algo primordial, mítico, en su estilo, que sin embargo no borra la huella del periodismo, esa prosa fugaz, precisa, con voluntad de testimonio, que se esfuerza en no perder el hilo de lo inmediato. El conocimiento del alma rusa, familiarizada con el dolor y la impotencia, no es menos admirable. Por amor al pueblo es una magnífica novela, con la fuerza de los grandes relatos del XIX, con el escepticismo de la sensibilidad contemporánea, acostumbrada al fracaso de las utopías.


viernes, 30 de noviembre de 2012

La Revolución Fotográfica



CONTRATAPA         Página 12 / Viernes, 30 de noviembre de 2012

Cerca de la Revolución





 Por Juan Forn
En julio de 1966, el viejo Mao estaba supuestamente jubilado en la provincia de Hubei pero, ante las inequívocas señales de que China se recuperaba luego del catastrófico Gran Salto Hacia Adelante que él mismo había puesto en marcha en 1958 (con un saldo de veinte millones de muertos por inanición), decidió lanzarse a las aguas del Yangtzé durante un acto público en su honor y nadar quince kilómetros. En realidad, sólo se dejó flotar en la mansa corriente del río durante una hora, pero el rumor que corrió por toda China fue que el Gran Conductor se había revitalizado y, a los 73 años, volvía a escena. Dos días después Mao estaba en Pekín, obligando a renunciar a Liu Xaoqi, el sucesor que él mismo había elegido, y dando vía libre a los jóvenes rabiosos de las Guardias Rojas para motorizar la hoy tristemente célebre Revolución Cultural. El hombre que había dicho “La política es la guerra por otros medios” iniciaba una guerra total contra su propio partido, con la consigna: “Muerte a todo lo viejo”.
En cada comuna de China, todos sus habitantes debían asistir, diariamente y en horario de trabajo, a las sesiones de acusación pública en que una persona, parada o arrodillada en una silla, con la cabeza baja y un humillante bonete de papel donde él mismo había escrito de puño y letra su culpa, era denunciada por sus amigos, vecinos o familiares y recibía los insultos de toda la comuna. Las sesiones duraban horas y podían repetirse cientos de veces y, entre sesión y sesión, se les daba a los acusados las dos peores tareas: romper el hielo de los campos y vaciar a mano las letrinas. Cada una de las sesiones se cerraba con un vibrante ballet de milicianas en traje Mao celebrando la sabiduría del Gran Conductor. Gran parte del trabajo de un fotógrafo de prensa en esos años era registrar estos actos. Había, en la jerga, dos tipos de fotos: las “positivas” (es decir, las que podían publicarse) y las “negativas”. Por cada toma que salía publicada, un fotógrafo recibía film por el equivalente de ocho tomas. El que al volver al diario entregaba para revelar más imágenes “negativas” que “positivas” en sus rollos se cavaba su propia fosa. Al joven Li Zhensheng, por ser el novato de su sección en el Diario de Heilongjiang, le tocaba revelar los rollos de todos sus compañeros. El joven Li creía de verdad en la Revolución Cultural, pero en el cuarto de revelado se fue dando cuenta de que en realidad estaba registrando la locura colectiva del país en estado puro. Tuvo el cuidado de, noche a noche, recortar de sus rollos las fotos más “negativas” que le salían y dejar sólo las positivas a secar. Para no tirar las otras, se las llevaba a escondidas a su casa. Nunca lo descubrieron, pero igual lo mandaron a los campos. Sobrevivió, y en 1988 era maestro en una escuela de fotografía de provincia cuando le pidieron desde Pekín fotos para una muestra sobre la Revolución Cultural.
Li mandó mezcladas diez fotos “positivas” y diez “negativas”. El inglés Robert Pledge las vio, logró contactarlo y le mandó decir que quería hacerle un libro. Tardó siete años en recibir casi treinta mil colitas de rollos en negativo desde China, pero el libro fue un bombazo. Se llama Soldado rojo de las noticias, porque eso decía en el brazalete rojo que usaba Li, en lugar del brazalete blanco y negro de prensa, así podía acercarse a sus objetivos más que los demás fotógrafos sin que las Guardias Rojas lo apartaran. Nadie le vio la cara tan de cerca a la Revolución Cultural como él. Nadie la vio tan panorámicamente tampoco: Li nunca tuvo gran angular, así que cuando necesitaba captar algo en grande en las escenas de masas a las que asistía iba disparando y girando, calculando máxima efectividad con mínimas tomas para no malgastar rollo. Li había querido estudiar cine. De chico, cuando en las salas chinas ponían parlantes afuera, como él no tenía para pagar la entrada se sentaba en la calle y “escuchaba” las películas. La primera cámara que tuvo la consiguió a cambio de una colección de estampillas que le robó a su padre, que había sido cocinero en un barco de carga. Pero cada rollo costaba un yuan, así que sus compañeros hacían una vaquita para que él les sacara fotos y en recompensa le cedían la última; Li hacía en quince minutos las primeras quince fotos y se pasaba el resto del día con la restante. Al entrar en el diario, lo primero que le enseñaron fue que no terminara el rollo sino que se dejara una o dos exposiciones por si se topaba con algo a su retorno de cada asignación. Li lo entendió a su manera: la última era para él. Cuando Li nació se le pidió al abuelo que le pusiera nombre. El abuelo era campesino pero era conocido en diez pueblos a la redonda como hombre instruido. A la partícula Zhen que correspondía generacionalmente, la completó con el nombre por el que hoy conocemos al nieto, que en chino significa: “Como una canción que se eleva por el aire, lo que veas será visto en las cuatro esquinas del mundo”.







Li Zhensheng nació en 1940 en Dalian, provincia de Liaoning, República Popular de China. Después de los primeros estudios de cinematografía en Changchun, Jilin, comenzó a trabajar como fotógrafo para el Daily Heilongjiang en el noreste de China, donde permaneció durante más de diecinueve años antes de comenzar una carrera docente en el Instituto Internacional de Ciencia Política de la Universidad de Beijing.

Su crónica de 2003 de la agitación de la Revolución Cultural (1966-1976)-Color Red Soldier Noticias: La odisea de un fotógrafo chino en la Revolución Cultural (Phaidon 2003), ha sido traducida a seis idiomas y ha recibido el Overseas Press Club de Olivier América Rebbot Premio al Mejor Reportaje fotográfico del exterior. Una exposición de sus imágenes de la Revolución Cultural ha aparecido en casi todas las capitales más importantes de Europa y continúa viajando alrededor del mundo.

Su colección se ha representado en todo el mundo por Imágenes Prensa Contacto desde 1999. Él tiene su sede en Beijing, China y Nueva York, EE.UU.



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