Vistas a la página totales

Mostrando las entradas con la etiqueta Página12. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Página12. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de mayo de 2014

Siguiendo a Thomas Piketty

EL MUNDO › REFUTACION Y CONTRARREFUTACION DE EL CAPITAL EN EL SIGLO XXI

Debate sobre la desigualdad

Sin mucho éxito, el diario del establishment financiero británico busca minar la tesis fundamental del best seller del economista francés Thomas Piketty, que sostiene que la creciente desigualdad del capitalismo es inherente al sistema.






 Por Marcelo Justo

Desde Londres
La polémica sobre el economista francés Thomas Piketty se ha convertido en sinónimo de debate sobre la desigualdad. Con un sorprendente tercer lugar en las ventas de Amazon en Estados Unidos a casi tres meses de salir a la venta, con una segunda edición en camino, han aparecido críticas a presuntas incongruencias en los datos de El Capital en el siglo XXI que buscan minar la tesis fundamental del libro, que sostiene que la creciente desigualdad del capitalismo es inherente al sistema.
Según publicó el viernes pasado Chris Giles, editor económico del diario Financial Times, en la primera plana del diario, Piketty comete errores en las proyecciones que hace para épocas en las que no había información, en el método que usa para distintos países y en un uso tendencioso de las estadísticas para probar su principal tesis.
La nota del Financial Times produjo una avalancha de cables y comentarios en los principales diarios de derecha del mundo anglosajón que tomaron el veredicto de Giles como la definitiva descalificación del libro de Piketty. La excepción a este regodeo fue un medio de incuestionable filiación capitalista: la revista The Economist. Según el semanario británico, las críticas de Giles eran cuestionables y muchos de los detractores del libro no se habían tomado el trabajo de leerlo e ignoraban que la mayoría de los datos provenían del World Top Income Database, un índice que nadie cuestiona. “Hay un par de errores que parecen ser de transcripción o de ajustes hechos a datos que requieren una evaluación del investigador”, subraya el semanario británico.
El fundamento para la tesis principal del libro, sostenida con un voluminoso examen de datos de los últimos 300 años, es que la riqueza ha aumentado a mayor velocidad que el crecimiento económico en estos tres siglos y que eso ha impactado en la desigualdad que, de seguir así, será en este siglo XXI semejante a la que existía en el victoriano siglo XIX. La crítica más sólida que se ha hecho a esta tesis viene por izquierda y es que, lejos de exagerar el estado de cosas, Piketty subestima la real dimensión de la desigualdad.
Según James Henry, autor de The price of offshore revisited y profesor de la Universidad de Columbia, el gran error de Piketty es el cálculo que hace sobre la riqueza oculta en guaridas o paraísos fiscales. “Hay unos 21 millones de millones de dólares ocultos en guaridas fiscales. La mitad de esta suma está en manos de las 91.000 personas más ricas del mundo, un 0,001 por ciento de la población mundial, que controla una tercera parte de toda la riqueza mundial. Piketty ha subestimado esta cifra. Este es el principal cuestionamiento que se le puede hacer. El resto es trivial”, indicó Henry a Página/12.
En la carta de respuesta a Giles que publicó el mismo Financial Times Piketty reconoce la necesidad de una mejor contabilización de esa riqueza oculta. “En realidad es muy posible que mis propias estimaciones no tomen plenamente en cuenta la riqueza offshore o en guaridas fiscales, algo que profundizaría la desigualdad”, señala el economista. Los datos de Piketty provienen de otro investigador de la Paris School of Economics, Gabriel Zucman, quien estima en unos 8 millones de millones de dólares la riqueza oculta en las guaridas fiscales, cálculo hecho en base a los datos disponibles macroeconómicos (balanza de pagos, por ejemplo) y los activos financieros, dejando fuera todo otro tipo de acumulación de riqueza (yates, obras de arte, etc.)
Sumándose a la polémica en la edición del matutino británico The Guardian este lunes, Paul Mason, editor económico del Channel 4 británico, señaló que las críticas de Giles (y las de otros medios de derecha) se basan en erróneas cifras oficiales. “Las conclusiones del Financial Times apenas se diferencian de las de Piketty en el análisis de Suecia y Francia. Lo hacen en el del Reino Unido y Estados Unidos. La razón es obvia. Desde tiempos inmemoriales los ricos tienen una especial aversión a declarar su riqueza. Con la reestructuración capitalista de 1979 se ha promovido la acumulación de riqueza oculta que obligó a Piketty a una mezcla de datos de herencia y encuestas junto a cálculos”, escribe Mason. Ni siquiera las cifras oficiales son congruentes. El HMRC, oficina impositiva del Reino, estima que el 10 por ciento más rico del Reino Unido tiene un 70 por ciento de la riqueza. La Oficina Nacional de Estadísticas, en cambio, estima que sólo tienen el 44 por ciento. El crecimiento de las guaridas o paraísos fiscales desde los ‘70 ha vuelto mucho más impreciso el cálculo de la riqueza (patrimonio personal que incluye depósitos, acciones, inmuebles, etc). El de los ingresos es mucho más rastreable: la diferencia genera todo tipo de incongruencias en la recolección de datos.
En Estados Unidos, Sam Pizzigati, del Institute for Policy Studies de Washington, habla de una “paradoja americana” para explicar este desfasaje. “Entre los datos que tenemos sobre la desigualdad de ingresos y de riqueza hay una profunda desconexión que equivale a una paradoja. El análisis de la curva de ingresos nos dice que ha habido un enorme crecimiento de la desigualdad entre los más ricos y el resto. Pero cuando analizamos la desigualdad de riqueza, vemos que la diferencia es ínfima. La explicación más lógica de esta diferencia es la riqueza oculta en paraísos fiscales. Si no, habría que pensar que esta gente se gasta 5000 dólares en cenas cada noche del año”, señaló Pizzigati a Página/12.
El impacto de este desfasaje en los niveles de desigualdad de una sociedad queda en claro en un estudio específico sobre Argentina, “Fuga de Capitales III (2002-2012)”, que halló un aumento del coeficiente de Gini de 0,42 a 0,49 puntos una vez que se corrigen las encuestas oficiales para incluir los ingresos no declarados y se contabilizan los fondos fugados a paraísos fiscales. “Si aceptamos que el stock fugado alcanza los 400 mil millones de dólares, equivalente a 15 veces el nivel de reservas del Banco Central, el coeficiente de desigualdad salta entonces de 0,43 a 0,49. Muchos piensan que en realidad la suma es aún mayor si se toman en cuenta las manipulaciones contables de empresas multinacionales y otros factores. Pero aún con esta cifra ‘conservadora’, vemos que el salto que da la medición de la desigualdad neutraliza los avances logrados en una mejor distribución del ingreso por el crecimiento económico y las fuertes políticas sociales del gobierno argentino durante el período 2003-2010”, indicó a Página/12 uno de los autores del informe, Jorge Gaggero.
En momentos en que, como se ha visto en las elecciones europeas, se está pagando un alto precio por desatender a estas tendencias profundas, convendría que el debate que se ha disparado con la publicación del libro de Piketty no sea ignorado con argumentos endebles.

lunes, 24 de marzo de 2014

La construcción del mal argentino


La construcción del mal argentino


 Por Jorge Aleman *
En la prensa internacional se impone una nueva construcción discursiva sobre la realidad argentina: consiste en tratarla antropológica, psicológica y filosóficamente como si estuviera afectada de un mal radical. Ese mal consistiría en una repetición maldita, un “eterno retorno de lo mismo”, una compulsión irrefrenable en los argentinos, que siempre los llevará, aun cuando las “apariencias” se empeñen en mostrar lo contrario, al mismo sitio de siempre, incluso obteniendo en cada repetición un resultado siempre más terrible. Se trata de una fórmula que se extiende por todos los medios de manera insistente, donde se presenta un intento de diagnóstico sobre el destino fatal de Argentina. Suele comenzar con la célebre expresión de Ortega: “argentinos a las cosas”, sabia invocación que indudablemente los argentinos no supieron corresponder y culmina a veces con algún escritor argentino, reconocido por dichos medios, que legitima y autoriza el diagnóstico fatal: País tiovivo, dice el argentino a modo de ilustración, o sea país carrusel, país calesita, en el cual no somos otra cosa que “muñequitos repintados”, que damos vueltas y vueltas mientras nos engañamos con el “relato” de unas transformaciones nunca logradas. Obviamente el nombre de este mal que aqueja a la nación y del cual los argentinos son responsables porque disfrutan insanamente con ello tiene un nombre: peronismo. Según estos medios, y sus escritores dilectos, hay una suerte de colapso en las conciencias de los militantes, de los movimientos sociales, de las agrupaciones de derechos humanos y de los intelectuales que, o bien por intereses personales o por confusión mental o por las dos cosas a la vez, no despiertan de la ensoñación que sin embargo toda la prensa internacional y local esclarece. Por supuesto que en esta estrategia retórica no se habla de otros países que también, por oscuras razones, insisten en perseverar en su ser. Más bien es como si en las otras naciones hubiera, de un día a otro, metamorfosis espectaculares, que en su constante cambio vuelven a sus ficciones políticas un lugar de permanentes modificaciones, fuera de toda repetición o inercia histórica. Es Argentina la diagnosticada, y es ella la que debe dar cuenta de su malsano afán por el eterno retorno, siendo cierto que son muchos los argentinos que se “satisfacen” con esta versión de sí mismos. Tal vez encontrando en ello una versión singular de sí mismos. Pero lo importante a destacar, en esta política mediática que nos asigna al modo de una esencia inmutable un destino de repetición y sufrimiento voluntario, es lo que encubre en su enunciación:
1) Este diagnóstico, una vez más, encubre la historia política y social de los antagonismos que atravesaron a la Argentina en relación con el país que se desea construir. Si, como los medios enuncian, se trata de un ser capturado en una calesita siniestra, ¿por qué existieron el ‘55, la resistencia, los ‘70 y los distintos enfrentamientos que el kirchnerismo generó en su puja por una versión distinta del país? Si se tratara, como los distintos medios insisten, de una fatalidad antropológica o social-psicológica, ¿por qué no funciona de un modo automático como ocurre con toda repetición verdadera? ¿Por qué han sido siempre necesarias la represión, el golpe, las acciones destituyentes, las desestabilizaciones incesantes? Estas preguntas obvias deshacen de inmediato la idea de un lugar homogéneo abocado compulsivamente a la repetición.
2) La teoría de un país fascinado por su propia repetición conjugada en distintos estilos según los medios internacionales (y también, insistamos, locales) incluye de un modo implícito un llamado a un amo que por fin cure a la Argentina del circuito enfermo. ¿Cómo imaginan los prestigiosos intelectuales de los diarios neoliberales que tiene que ser este nuevo amo que curará a la Argentina de lo que comenzó con Perón, Evita y continúa en el kirchnerismo? ¿Con qué métodos y procedimientos llevará a cabo este exorcismo benéfico?
3) Por último, esta construcción ideológica mediática apunta a una cuestión crucial: si en Argentina nunca pasa nada distinto y sólo es un vano espejismo lo conseguido en estos últimos diez años, entonces ya no vale la pena intentar nada ni insistir en radicalizar las transformaciones logradas. Lo que estos diagnósticos sobre nuestra supuesta esencia repetitiva intentan es el desarme crítico de los proyectos transformadores es un llamado a la dimisión formulada en estos términos: no intentes nada, no luches por nada, no insistas ni vuelvas sobre tus legados históricos; cualquier cosa que te parezca nueva o distinta, tarde o temprano, se revelará como un ensueño que no impedirá el mal argentino de la eterna reiteración.
Ahora que después de diez años surgen límites, impases, rectificaciones de un proyecto, que no inventó los antagonismos, pero que los intentó asumir y esclarecer, es crucial atender a esta nueva construcción mediática de la realidad argentina que promueve ceder ante nuestros mejores deseos.

* Psicoanalista y escritor. Consejero cultural de la embajada argentina en España.

De : CONTRATAPA - Página12

martes, 11 de febrero de 2014

Democracia o Capitalismo

http://www.boaventuradesousasantos.pt/pages/pt/homepage.php



Dos artículos publicados en Página12 con textos que  corresponden a la “Undécima carta a las izquierdas” del autor con traducción de Javier Lorca.

¿Democracia o capitalismo?


Al inicio del tercer milenio, las fuerzas de izquierda se debaten entre dos desafíos principales: la relación entre democracia y capitalismo, y el crecimiento económico infinito (capitalista o socialista) como indicador básico de desarrollo y progreso. 
En estas líneas voy a centrarme en el primer desafío.
Contra lo que el sentido común de los últimos 50 años nos puede hacer pensar, la relación entre democracia y capitalismo siempre fue una relación tensa, incluso de contradicción. Lo fue, ciertamente, en los países periféricos del sistema mundial, en lo que durante mucho tiempo se denominó Tercer Mundo y hoy se designa como Sur global. Pero también en los países centrales o desarrollados la misma tensión y la misma contradicción estuvieron siempre presentes. Basta recordar los largos años de nazismo y fascismo.
Un análisis más detallado de las relaciones entre capitalismo y democracia obligaría a distinguir entre diferentes tipos de capitalismo y su dominio en diferentes períodos y regiones del mundo, y entre diferentes tipos y grados de intensidad de la democracia. En estas líneas concibo al capitalismo bajo su forma general de modo de producción y hago referencia al tipo que ha dominado en las últimas décadas, el capitalismo financiero. En lo que respecta a la democracia, me centro en la democracia representativa tal como fue teorizada por el liberalismo.
El capitalismo sólo se siente seguro si es gobernado por quien tiene capital o se identifica con sus “necesidades”, mientras que la democracia es idealmente el gobierno de las mayorías que no tienen capital ni razones para identificarse con las “necesidades” del capitalismo, sino todo lo contrario. El conflicto es, en el fondo, un conflicto de clases, pues las clases que se identifican con las necesidades del capitalismo (básicamente, la burguesía) son minoritarias en relación con las clases que tienen otros intereses, cuya satisfacción colisiona con las necesidades del capitalismo (clases medias, trabajadores y clases populares en general). Al ser un conflicto de clases, se presenta social y políticamente como un conflicto distributivo: por un lado, la pulsión por la acumulación y la concentración de riqueza por parte de los capitalistas, y, por otro lado, la reivindicación de la redistribución de la riqueza generada en gran parte por los trabajadores y sus familias. La burguesía siempre ha tenido pavor a que las mayorías pobres tomen el poder y ha usado el poder político que le concedieron las revoluciones del siglo XIX para impedir que eso ocurra. Ha concebido a la democracia liberal de modo de garantizar eso mismo a través de medidas que cambiaron con el tiempo, pero mantuvieron su objetivo: restricciones al sufragio, primacía absoluta del derecho de propiedad individual, sistema político y electoral con múltiples válvulas de seguridad, represión violenta de la actividad política fuera de las instituciones, corrupción de los políticos, legalización del lobby... Y siempre que la democracia se mostró disfuncional, se mantuvo abierta la posibilidad del recurso a la dictadura, algo que sucedió muchas veces.
Después de la Segunda Guerra Mundial, muy pocos países tenían democracia, vastas regiones del mundo estaban sometidas al colonialismo europeo, que servía para consolidar el capitalismo euro-norteamericano, Europa estaba devastada por una guerra que había sido provocada por la supremacía alemana, y en el Este se consolidaba el régimen comunista, que aparecía como alternativa al capitalismo y la democracia liberal. En este contexto surgió en la Europa más desarrollada el llamado capitalismo democrático, un sistema de economía política basado en la idea de que, para ser compatible con la democracia, el capitalismo debería ser fuertemente regulado, lo que implicaba la nacionalización de sectores clave de la economía, un sistema tributario progresivo, la imposición de las negociaciones colectivas e incluso, como sucedió en la Alemania Occidental de entonces, la participación de los trabajadores en la gestión de empresas. En el plano científico, Keynes representaba entonces la ortodoxia económica y Hayek, la disidencia. En el plano político, los derechos económicos y sociales (derechos al trabajo, la educación, la salud y la seguridad social, garantizados por el Estado) habían sido el instrumento privilegiado para estabilizar las expectativas de los ciudadanos y para enfrentar las fluctuaciones constantes e imprevisibles de las “señales de los mercados”. Este cambio alteraba los términos del conflicto distributivo, pero no lo eliminaba. Por el contrario, tenía todas las condiciones para instigarlo luego de que se debilitara el crecimiento de las tres décadas siguientes. Y así sucedió.
Desde 1970, los Estados centrales han estado manejando el conflicto entre las exigencias de los ciudadanos y las exigencias del capital mediante el recurso a un conjunto de soluciones que gradualmente fueron dando más poder al capital. Primero fue la inflación (1970-1980); después, la lucha contra la inflación, acompañada del aumento del desempleo y del ataque al poder de los sindicatos (desde 1980), una medida complementada con el endeudamiento del Estado como resultado de la lucha del capital contra los impuestos, del estancamiento económico y del aumento de los gastos sociales originados en el aumento del desempleo (desde mediados de 1980), y luego con el endeudamiento de las familias, seducidas por las facilidades de crédito concedidas por un sector financiero finalmente libre de regulaciones estatales, para eludir el colapso de las expectativas respecto del consumo, la educación y la vivienda (desde mediados de 1990). Hasta que la ingeniería de las soluciones ficticias llegó a su fin con la crisis de 2008 y se volvió claro quién había ganado en el conflicto distributivo: el capital. La prueba: la conversión de la deuda privada en deuda pública, el incremento de las desigualdades sociales y el asalto final a las expectativas de una vida digna de las mayorías (los trabajadores, los jubilados, los desempleados, los inmigrantes, los jóvenes en busca de empleo) para garantizar las expectativas de rentabilidad de la minoría (el capital financiero y sus agentes). La democracia perdió la batalla y sólo evitará ser derrotada en la guerra si las mayorías pierden el miedo, se rebelan dentro y fuera de las instituciones y fuerzan al capital a volver a tener miedo, como sucedió hace sesenta años.
En los países del Sur global que disponen de recursos naturales la situación es, por ahora, diferente. En algunos casos, por ejemplo en varios países de América latina, hasta puede decirse que la democracia se está imponiendo en el duelo con el capitalismo, y no es por casualidad que en países como Venezuela y Ecuador se comenzó a discutir el tema del socialismo del siglo XXI, aunque la realidad esté lejos de los discursos. Hay muchas razones detrás, pero tal vez la principal haya sido la conversión de China al neoliberalismo, lo que provocó, sobre todo a partir de la primera década del siglo XXI, una nueva carrera por los recursos naturales. El capital financiero encontró ahí y en la especulación con productos alimentarios una fuente extraordinaria de rentabilidad. Esto permitió que los gobiernos progresistas –llegados al poder como consecuencia de las luchas y los movimientos sociales de las décadas anteriores– pudieran desarrollar una redistribución de la riqueza muy significativa y, en algunos países, sin precedentes. Por esta vía, la democracia ganó nueva legitimidad en el imaginario popular. Pero, por su propia naturaleza, la redistribución de la riqueza no puso en cuestión el modelo de acumulación basado en la explotación intensiva de los recursos naturales y, en cambio, la intensificó. Esto estuvo en el origen de conflictos –que se han ido agravando– con los grupos sociales ligados a la tierra y a los territorios donde se encuentran los recursos naturales, los pueblos indígenas y los campesinos.
En los países del Sur global con recursos naturales pero sin una democracia digna de ese nombre, el boom de los recursos no trajo ningún impulso a la democracia, pese a que, en teoría, condiciones mas propicias para una resolución del conflicto distributivo deberían facilitar la solución democrática y viceversa. La verdad es que el capitalismo extractivista obtiene mejores condiciones de rentabilidad en sistemas políticos dictatoriales o con democracias de bajísima intensidad (sistemas casi de partido único), donde es más fácil corromper a las elites, a través de su involucramiento en la privatización de concesiones y las rentas del extractivismo. No es de esperar ninguna profesión de fe en la democracia por parte del capitalismo extractivista, incluso porque, siendo global, no reconoce problemas de legitimidad política. Por su parte, la reivindicación de la redistribución de la riqueza por parte de las mayorías no llega a ser oída, por falta de canales democráticos y por no poder contar con la solidaridad de las restringidas clases medias urbanas que reciben las migajas del rendimiento extractivista. Las poblaciones más directamente afectadas por el extractivismo son los campesinos, en cuyas tierras están los yacimientos mineros o donde se pretende instalar la nueva economía agroindustrial. Son expulsados de sus tierras y sometidos al exilio interno. Siempre que se resisten son violentamente reprimidos y su resistencia es tratada como un caso policial. En estos países, el conflicto distributivo no llega siquiera a existir como problema político. De este análisis se concluye que la actual puesta en cuestión del futuro de la democracia en Europa del Sur es la manifestación de un problema mucho más vasto que está aflorando en diferentes formas en varias regiones del mundo. Pero, así formulado, el problema puede ocultar una incertidumbre mucho mayor que la que expresa. No se trata sólo de cuestionar el futuro de la democracia. Se trata, también, de cuestionar la democracia del futuro. La democracia liberal fue históricamente derrotada por el capitalismo y no parece que la derrota sea reversible. Por eso, no hay que tener esperanzas de que el capitalismo vuelva a tenerle miedo a la democracia liberal, si alguna vez lo tuvo. La democracia liberal sobrevivirá en la medida en que el capitalismo global se pueda servir de ella. La lucha de quienes ven en la derrota de la democracia liberal la emergencia de un mundo repugnantemente injusto y descontroladamente violento debe centrarse en buscar una concepción de la democracia más robusta, cuya marca genética sea el anticapitalismo. Tras un siglo de luchas populares que hicieron entrar el ideal democrático en el imaginario de la emancipación social, sería un grave error político desperdiciar esa experiencia y asumir que la lucha anticapitalista debe ser también una lucha antidemocrática. Por el contrario, es preciso convertir al ideal democrático en una realidad radical que no se rinda ante el capitalismo. Y como el capitalismo no ejerce su dominio sino sirviéndose de otras formas de opresión, principalmente del colonialismo y el patriarcado, esta democracia radical, además de anticapitalista, debe ser también anticolonialista y antipatriarcal. Puede llamarse revolución democrática o democracia revolucionaria –el nombre poco importa–, pero debe ser necesariamente una democracia posliberal, que no puede perder sus atributos para acomodarse a las exigencias del capitalismo. Al contrario, debe basarse en dos principios: la profundización de la democracia sólo es posible a costa del capitalismo; y en caso de conflicto entre capitalismo y democracia debe prevalecer la democracia real.

¿Extractivismo o ecología?



Al inicio del tercer milenio, las fuerzas de izquierda se debaten entre dos desafíos principales: la relación entre democracia y capitalismo, y el crecimiento económico infinito (capitalista o socialista) como indicador básico de desarrollo y progreso. 
Seguidamente  voy a centrarme en el segundo desafío 
Antes de la crisis financiera, Europa era la región del mundo donde los movimientos ambientalistas y ecologistas tenían más visibilidad política y donde la narrativa de la necesidad de complementar el pacto social con el pacto natural parecía tener gran aceptación pública. Sorprendentemente o no, con el estallido de la crisis tanto estos movimientos como esta narrativa desaparecieron de la escena política y las fuerzas políticas que más directamente se oponen a la austeridad financiera reclaman crecimiento económico como la única solución y sólo excepcionalmente hacen una mención algo simbólica a la responsabilidad ambiental y la sustentabilidad. Y, de hecho, las inversiones públicas en energías renovables fueron las primeras en ser sacrificadas por las políticas de ajuste estructural. Ahora bien, el modelo de crecimiento que estaba en vigor antes de la crisis era el blanco principal de las críticas de los movimientos ambientalistas y ecologistas, precisamente, por ser insostenible y producir cambios climáticos que, según los datos la ONU, serían irreversibles a muy corto plazo, según algunos, a partir de 2015. Esta rápida desaparición de la narrativa ecologista muestra que el capitalismo tiene prioridad no sólo sobre la democracia, sino también sobre la ecología y el ambientalismo.
Pero hoy es evidente que, en el umbral del siglo XXI, el desarrollo capitalista toca la capacidad límite del planeta Tierra. En los últimos meses, varios records de riesgo climático fueron batidos en Estados Unidos, la India, el Artico, y los fenómenos climáticos extremos se repiten con cada vez mayor frecuencia y gravedad. Ahí están las sequías, las inundaciones, la crisis alimentaria, la especulación con productos agrícolas, la creciente escasez de agua potable, el desvío de terrenos destinados a la agricultura para desarrollar agrocombustibles, la deforestación de bosques. Paulatinamente, se va constatando que los factores de la crisis están cada vez más articulados y son, al final, manifestaciones de la misma crisis, que por sus dimensiones se presenta como crisis civilizatoria. Todo está vinculado: la crisis alimentaria, la crisis ambiental, la crisis energética, la especulación financiera sobre los commodities y los recursos naturales, la apropiación y la concentración de tierras, la expansión desordenada de la frontera agrícola, la voracidad de la explotación de los recursos naturales, la escasez de agua potable y la privatización del agua, la violencia en el campo, la expulsión de poblaciones de sus tierras ancestrales para abrir camino a grandes infraestructuras y megaproyectos, las enfermedades inducidas por un medioambiente degradado, dramáticamente evidentes en la mayor incidencia del cáncer en ciertas zonas rurales, los organismos genéticamente modificados, los consumos de agrotóxicos, etcétera. La Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible realizada en junio de 2012, Río+20, fue un rotundo fracaso por la complicidad mal disfrazada entre las élites del Norte global y las de los países emergentes para dar prioridad al lucro de sus empresas a costa del futuro de la humanidad.
En varios países de América latina, la valorización internacional de los recursos financieros permitió una negociación de nuevo tipo entre democracia y capitalismo. El fin (aparente) de la fatalidad del intercambio desigual (las materias primas siempre menos valoradas que los productos manufacturados), que encadenaba a los países de la periferia del sistema mundial al desarrollo dependiente, permitió que las fuerzas progresistas, antes vistas como “enemigas del desarrollo”, se liberasen de ese fardo histórico, transformando el boom en una ocasión única para realizar políticas sociales y de redistribución de la renta. Las oligarquías y, en algunos países, sectores avanzados de la burguesía industrial y financiera altamente internacionalizados, perdieron buena parte del poder político gubernamental, pero a cambio vieron incrementado su poder económico. Los países cambiaron sociológica y políticamente, hasta el punto de que algunos analistas vieron la emergencia de un nuevo régimen de acumulación, más nacionalista y estatista, el neodesarrollismo, sobre la base del neoextractivismo.
Sea como fuere, este neoextractivismo se basa en la explotación intensiva de los recursos naturales y, por lo tanto, plantea el problema de los límites ecológicos (para no hablar de los límites sociales y políticos) de esta nueva (vieja) fase del capitalismo. Esto es tanto más preocupante en cuanto este modelo de “desarrollo” es flexible en la distribución social, pero rígido en su estructura de acumulación. Las locomotoras de la minería, del petróleo, del gas natural, de la frontera agrícola son cada vez más potentes y todo lo que se interponga en su camino y obstruya su trayecto tiende a ser arrasado como obstáculo al desarrollo. Su poder político crece más que su poder económico, la redistribución social de la renta les confiere una legitimidad política que el anterior modelo de desarrollo nunca tuvo, o sólo tuvo en condiciones de dictadura.
Por su atractivo, estas locomotoras son eximias para transformar las señales cada vez más perturbadoras de la inmensa deuda ambiental y social que generan en un costo inevitable del “progreso”. Por otro lado, privilegian una temporalidad que es afín a la de los gobiernos: el boom de los recursos naturales no va a durar para siempre y, por eso, hay que aprovecharlo al máximo en el más corto plazo. El brillo del corto plazo oculta las sombras del largo plazo. En tanto el boom configura un juego de suma positiva, quien se interpone en su camino es visto como un ecologista infantil, un campesino improductivo o un indígena atrasado, y muchas veces es sospechado de integrar “poblaciones fácilmente manipulables por Organizaciones No Gubernamentales al servicio de quién sabe quién”.
En estas condiciones se vuelve difícil poner en acción principios de precaución o lógicas de largo plazo. ¿Qué pasará cuando el boom de los recursos naturales termine? ¿Y cuando sea evidente que la inversión de los recursos naturales no fue debidamente compensada por la inversión en recursos humanos? ¿Cuando no haya dinero para generosas políticas compensatorias y el empobrecimiento súbito cree un resentimiento difícil de manejar en democracia? ¿Cuando los niveles de enfermedades ambientales sean inaceptables y sobrecarguen los sistemas públicos de salud hasta volverlos insostenibles? ¿Cuando la contaminación de las aguas, el empobrecimiento de las tierras y la destrucción de los bosques sean irreversibles? ¿Cuando las poblaciones indígenas, ribereñas y de los quilombos (afrobrasileños) que fueron expulsadas de sus tierras cometan suicidios colectivos o deambulen por las periferias urbanas reclamando un derecho a la ciudad que siempre les será negado? Estas preguntas son consideradas por la ideología económica y política dominante como escenarios distópicos, exagerados o irrelevantes, fruto de un pensamiento crítico entrenado para dar malos augurios. En suma, un pensamiento muy poco convincente y de ningún atractivo para los grandes medios de comunicación.
En este contexto, sólo es posible perturbar el automatismo político y económico de este modelo mediante la acción de movimientos y organizaciones sociales con el suficiente coraje para dar a conocer el lado destructivo sistemáticamente ocultado del modelo, dramatizar su negatividad y forzar la entrada de esta denuncia en la agenda política. La articulación entre los diferentes factores de la crisis deberá llevar urgentemente a la articulación entre los movimientos sociales que luchan contra ellos. Se trata de un proceso lento en el que el peso de la historia de cada movimiento cuenta más de lo que debería, pero ya son visibles articulaciones entre las luchas por los derechos humanos, la soberanía alimentaria, contra los agrotóxicos, contra los transgénicos, contra la impunidad de la violencia en el campo, contra la especulación financiera con productos alimentarios, por la reforma agraria, los derechos de la naturaleza, los derechos ambientales, los derechos indígenas y de los quilombos, el derecho a la ciudad, el derecho a la salud, la economía solidaria, la agroecología, el gravamen de las transacciones financieras internacionales, la educación popular, la salud colectiva, la regulación de los mercados financieros, etc.
Tal como ocurre con la democracia, sólo una conciencia y una acción ecológica vigorosas, anticapitalistas, pueden enfrentar con éxito la vorágine del capitalismo extractivista. Al “ecologismo de los ricos” es preciso contraponerle el “ecologismo de los pobres”, basado en una economía política no dominada por el fetichismo del crecimiento infinito y del consumismo individualista, sino en las ideas de reciprocidad, solidaridad y complementariedad vigentes tanto en las relaciones entre los seres humanos como en las relaciones entre los humanos y la naturaleza.








biografía
Es Profesor Catedrático Jubilado de la Facultad de Economía de la Universidad de Coímbra, Distinguished Legal Scholar de la Facultad de Derecho de la Universidad de Wisconsin-Madison y Global Legal Scholar de la Universidad de Warwick. Es asimismo director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra. Del conjunto de su vasta obra destacamos: Foro Social Mundial. Manual de uso (2005); The Rise of the Global Left. The World Social Forum and Beyond (2006); Sociología jurídica crítica. Para un nuevo sentido común en el derecho (Trotta, 2009); Una epistemología del Sur. La reinvención del conocimiento y la emancipación social (2009); Refundación del Estado en América Latina. Perspectivas desde una epistemología del Sur (2010); El milenio huérfano. Ensayos para una nueva cultura política (Trotta,22011), y Epistemologies of the South: Justice against Epistemicide (2014).
Bibliografía

http://www.trotta.es/pagina.php?cs_id_pagina=15&cs_id_contenido=10812

viernes, 8 de noviembre de 2013

¿Por qué?”, preguntó el niño

Un texto extraído del libro  ¿Quién teme a lo infantil? Que ilustro con unas fotos de familia - nieto y abuelo - a propósito de lo que nos enseñan los niños y cuando cumplen la función de Maestro, como ocurre en mi caso. 





¿Por qué?”, preguntó el niño









Para el autor, la infancia es ante todo un modo de hablar, que se caracteriza por preguntar. Lo que preguntan los “por qué” es cuál es el deseo del adulto al que el niño se dirige. Y, para un niño, la pérdida de un adulto que le había hecho lugar en su deseo, al cual ese chico realmente le hacía falta, puede ser “devastadora”.
 Por Luciano Lutereau *

Podría decirse que la infancia es un modo de hablar: más allá de cualquier precisión cronológica, la posición infantil se caracteriza por un modo particular de relación con el Otro, que es la pregunta. Así lo afirmó Lacan, por ejemplo, en el Seminario 11: “Los ‘por qué’ del niño no surgen de una avidez por la razón de las cosas: más bien constituyen una puesta a prueba del adulto, un ‘¿por qué me dices eso?’ (...) es el enigma del deseo del adulto”.
Esto se verifica en lo difícil que es desdecirse con un niño. Ellos mismos suelen inquietarse al respecto: “Pero vos me prometiste...”; el decir toma incluso el estatuto de un acto, como en la promesa. Y esto también se verifica, mucho más, en una situación que casi todos hemos vivido alguna vez: encontramos a un niño en la calle, entusiasmado con algún juguete, nos acercamos, le tocamos la cabeza y preguntamos: “¿Cómo te llamás? ¿A qué estás jugando?” Imaginemos por un momento que alguien se acercara a nosotros en la calle, nos tocara y preguntara: “¿Qué estás leyendo?” Nuestra respuesta sería seguramente la de un rechazo radical. Sin embargo, los niños no rechazan al Otro, sino que de forma más o menos inmediata se instalan en una conversación animada, y, de hecho, cuando un niño es retraído o tímido produce algún tipo de preocupación. En última instancia, es a los niños a quienes se les dice “¡No hables con extraños!” ¿Cómo entender esta apertura espontánea de los niños a los desconocidos? Erik Porge propuso que en los niños hay un hablar que no es a nadie en particular, sino al Otro por sí mismo, cuya función el adulto puede encarnar como interlocutor si se presta a ser un “buen entendedor”.
Y esta última indicación permite ubicar una forma de responder al modo de hablar de los niños. Pienso, por ejemplo, en el caso de un niño que, luego de que le propusiera dejar de jugar por ese día para concluir la sesión, me dijera: “Pelotudo”. Frente a mi sorpresa ante el insulto, agregó: “Es la primera vez que digo una mala palabra”. En este punto, el insulto valía como don o regalo al analista. Un educador, o bien cualquier figura del Otro que hiciera consistir un saber propio, habría reprendido al niño: “Decir malas palabras no es correcto”.
- - -
En sentido estricto, lo infantil no es más que un modo de hablar que se verifica en la pregunta por el deseo del Otro. Esto es algo que se comprueba en diversas situaciones corrientes. Todos hemos pasado por la circunstancia de que a un niño se le haga un regalo menor (un libro) y que, al verlo, otro, que había sido obsequiado con un bien preciado (un metegol) se ponga a llorar. He aquí la demostración de que los niños viven en un mundo de objetos inútiles –también se ha visto que desestiman los más imponentes y costosos por la rama de un árbol o un viejo muñeco–; o, mejor dicho, que para ellos los objetos valen en función de los deseos en que se sostienen. De ahí que, en la situación descripta, la forma habitual que tienen los adultos para responder a ese llanto del niño sea mediante un ardid (algo histerizante): “Bueno, si no querés ese metegol, me lo quedo yo”. Y así es como el niño puede volver a interesarse por ese objeto que había dejado caer.
- - -
El sentido estricto de la experiencia edípica se resume en una pasión imaginaria: los celos: la capacidad del niño de sentirse excluido respecto del amor del Otro. He aquí el sentido profundo de ese fantasma que Freud delimitó en su texto “Pegan a un niño” (1919). En ese fantasma –donde se pega a un niño–, el Otro entrega un sustituto de su amor: la autoridad. De este modo podríamos ubicar niños que se sitúan respecto de la función de la autoridad, aunque hoy en día la clínica nos presenta el caso de niños que, a diferencia de los clásicos “problemas escolares” (inhibiciones intelectuales, etcétera), trastornan el dispositivo de aprendizaje a través de la conducta: chicos que pegan y se desacatan frente al Otro.
- - -
En el motivo de una consulta al analista puede ubicarse la destitución de la autoridad del Otro. En un apartado anterior, nos remitimos al texto de E. Porge, en el que se menciona ese hablar del niño al Otro por sí mismo, cuya función el adulto puede encarnar como interlocutor. Eventualmente puede ocurrir con los padres algo por lo cual esta posición fracasa y, entonces, los padres ya no saben qué hacer: han quedado privados del saber que antes poseían para interpretar las conductas de sus hijos. Ahora es el niño quien posee un saber reprimido desde el cual desafía a los adultos. “Me lo hace a propósito”, suelen decir los padres. “En la casa de los amigos hace todo bien (come sin remilgos, se baña sin reparos, duerme como un ángel), pero llega a casa y pasa lo mismo de siempre...”
- - -
Un analista no enseña a ser mejores padres. En todo caso, puede colaborar para que éstos puedan tener una relación menos sufriente con la respuesta sintomática de sus hijos. Suele ocurrir que éstos puedan interpelar a sus progenitores. No pocas veces en el tratamiento de adultos suele ocurrir que los mejores interpretadores sean los hijos. Después de todo, desde la antigüedad es sabido que los niños y los locos son quienes dicen la verdad...
- - -
¿Cuántas veces un analista hace la lectura de un caso en función de si el padre está presente o no, si el niño aún duerme con sus padres, etcétera? Por esta vía, la función del psicoanalista queda degradada a la de un policía de la familia.
- - -
No conviene que atienda niños quien no pueda resistir no ser amado por ellos. Soportar el desamor de un niño no es algo sencillo. Y el correlato de esta afirmación es la siguiente: el analista no ocupa el lugar de una madre. Es ésta la que puede enarbolar un amor incondicional. Por lo demás, es sabido el carácter superyoico que suele asumir la posición materna en la infancia: “Sólo quiero que seas feliz....” ¡Nada menos!
- - -
Para un niño, situarse respecto del amor es hacerlo en tanto amado. En esta identificación con la imagen que el Otro provee radica la coyuntura que Lacan llamó “pavoneo” (del niño con su madre), y que tiene una importante consecuencia: el narcisismo de los niños, la identificación fálica, se lee en el discurso de los padres; no se trata de hechos objetivos que se aíslen perceptivamente (por ejemplo, en los arrumacos entre padres e hijos), sino de hechos de lenguaje, que se disciernen en la necesidad que los padres tienen de ubicar un destinatario que certifique los actos de su hijo (“Aprendió a caminar”, “Dejó el pañal”, “Obtuvo tal o cual nota”).
- - -
Si los niños se orientan tan fuertemente en función del deseo del Otro, entonces cabría admitir que no aman. Dicho de otro modo, no establecen relaciones de objeto en sentido estricto –sostenidas en una posición fantasmática de cierta fijeza, que suele sellarse en la bisagra de la adolescencia a partir de algún encuentro con la castración–.
Esto puede advertirse con relación a los duelos en la infancia. Suele ocurrir que los padres consulten a un analista por el temor de que su hijo se resienta ante un cambio de colegio o una mudanza. Y, sin embargo, realizado el cambio quedan sorprendidos porque no hubo consecuencias significativas. Incluso puede ocurrir que consulten por eso: “No es normal, algo le debe estar pasando pero no lo expresa”, dicen, como si un niño debiera ser una superficie de reflejo inmediato.
Y a veces son los padres quienes delegan en los hijos una incapacidad relativa para desprenderse de cierta costumbre o comodidad. Recuerdo el caso de una madre acongojada por el efecto que produciría en los niños tener que vender, luego de la separación de su marido, la casa en que vivían: no fue necesario mucho más que indicarle su propia dificultad para terminar de aceptar una consecuencia de su divorcio.
- - -
El duelo en los niños tiene una acepción específica. Si, de acuerdo con Freud, el trabajo del duelo implica la sustitución de una relación de objeto, los niños no atraviesan este tipo de experiencias. De ahí que muchas veces frente a la muerte de un amigo de la familia o un familiar no muy cercano, los niños no expresen más que unas pocas preguntas (“¿Estaba enfermo?”, “¿Ya no lo vamos a ver más?”) o una conclusión ligera (“Sabía que iba a pasar”).
No obstante, otras veces ocurre que la desaparición de ciertas personas produzca un efecto devastador. Esto se explica a partir de que, como hemos dicho, los niños establecen su relación con el deseo del Otro: Lacan, en el Seminario 10, afirma que sólo se hace un duelo por aquel para quien encarnamos su falta. Y la identificación regresiva con el deseo perdido puede ocasionar las más severas inhibiciones: por ejemplo, en el caso de un niño que había asumido rasgos propios de su abuelo fallecido como un modo de testimoniar la presencia del deseo que tan fuertemente lo había marcado.

*Texto extractado del libro ¿Quién teme a lo infantil? La formación del analista en la clínica con niños, escrito en coautoría con Pablo Peusner.

fotografías: Danieladrián ( Mi nieto y yo )

jueves, 19 de septiembre de 2013

NIÑOS, ADOLESCENTES Y EL MUNDO VIRTUAL Chicos de la pantalla

 Un nuevo lugar de encuentro, como lo fue en su momento el rock, invención de jóvenes y adolescentes, no sujeto a códigos montados por gente grande a través de una tradición superyoica.






PSICOLOGIA › NIÑOS, ADOLESCENTES Y EL MUNDO VIRTUAL

Chicos de la pantalla

La pantalla, lo digital, lo virtual, suscita en los chicos –desde antes de cumplir el primer año de vida– “una violenta atracción”, advierte el autor de este texto y promueve un análisis libre de prejuicios para este universo que “concierne al cuerpo, cuyos límites no se pliegan ya a lo anatómico”, y a “lo grupal, que se amplía en nuevos diseños”.


 Por Ricardo Rodulfo *

La pantalla: elegimos este término entre otros igualmente posibles –lo digital, lo tele-tecno-mediático, lo virtual–: la pantalla despierta una violenta atracción, pasión, cada vez más temprano, ya con claras manifestaciones hacia el fin del segundo semestre de vida del bebé. A lo cual se añade enseguida una similar pasión por los teclados. El psicoanálisis se ha ocupado mucho, pero sin entenderla del todo, de la primera pantalla que conocemos: el lago en el que se miraba Narciso. Ahora lo virtual, la complejización de los espejos, brinda una ocasión privilegiada para captar lo esencial de lo que se dio en llamar narcisismo, desenredándose de perspectivas moralistas en las que quedó envuelto (el vanidoso, el egoísta). El héroe del mito se reduplica con la comunicación a distancia sin el soporte de un cuerpo de carne y hueso.
El juego inventado por un pequeño de cuatro años nos enseña algo de la clave para conceptualizar toda esta problemática. Valentín está en un cuarto grande con dos de sus abuelos y alguna otra persona. Se da una casualidad de esas que la capacidad lúdica de un niño atrapa al vuelo y se constituye toda una singular escena de escritura. La abuela le habla por un celular, él responde con otro que tiene en la mano, que ha aprendido a usar para contestar una llamada; el descubrimiento de que puede conversar con ella, celular mediante, haciendo como si ella no estuviera allí de cuerpo presente, creando de este modo una situación de no presencia que se yuxtapone a la presencia concreta, borrándola, esfumándola, le produce un júbilo total, grandes risotadas, repetición del juego. Puede deslumbrarnos la sutileza de la estructura; el modo como se abre otro lugar en la hasta ahora homogénea superficie del espacio sensoriomotor. Valentín ha vuelto a descubrir lo que descubrió Narciso, héroe cultural que fue el pionero en enseñárnoslo. Algo tan específicamente humano como es el irse a vivir a una pantalla, yendo y viniendo de ella a la vida cotidiana ordinaria (según los padres de muchos adolescentes, esa vuelta puede ser difícil de conseguir y algunos arriesgarán la idea de una adicción a ese espacio suplementario). Se producen auténticas mudanzas a la pantalla, donde todo lo esencial pasa por el chateo, el mensaje de texto, Facebook, los juegos en red: nos enteraremos de que el “estuve con...”, “me encontré con...”, de un paciente adolescente, no se refiere al encuentro cuerpo a cuerpo tradicional, sino a uno virtual; inclusive “transar” ingresa en el “caber”, y en ese terreno se juega mucho de la perversidad polimorfa de la sexualidad infantil.
Nos consulta una madre que, llevada por ciertas sospechas, aprovechó su maestría en computación para atravesar filtros y contraseñas y violar el espacio íntimo virtual de su hija, a la sazón de 14 años. Descubre en estas circunstancias un intercambio epistolar de alto voltaje con otra chica que parece ya una lesbiana hecha y derecha. Pues bien, cuando empezamos a ver a esta hija, no bien comienza a confiar en nuestra discreción, nos enteramos de que la lesbiana es un personaje enteramente creado por ella, en el que se ha desdoblado. Un verdadero producto ficcional, que no hay que tener la grosería de tomar como una revelación puntual de la homosexualidad de su inventora sino, más bien, como el deseo de lo exploratorio y secreto, lo que enriquece su identidad femenina en ciernes y la vuelve opaca a la percepción materna, eso por lo que se convierte en un personaje extraño a los deseos e ideales de la madre.
Este nuevo mundo es responsable de muchas reconfiguraciones: una, primordial, concierne al cuerpo, cuyos límites no se pliegan ya a lo anatómico; diríamos, por ejemplo, que los chicos de hoy vienen con celular. Reconfiguración de las escrituras que hacen al grupo; lo grupal se amplía en nuevos diseños que ya no se atienen a los límites del barrio, de la clase social o del grupo étnico. Bien podríamos decir que se musicaliza la categoría de grupo, teniendo en cuenta la dimensión universalista de lo musical, incomparablemente más vasto que lo lingüístico. En lo musical se vuelca la intimidad, quizás, entre otras cosas, porque la intimidad tuvo siempre un doble fondo: invocada como derecho inalienable, deja ver también una dimensión de prohibiciones morales, imposiciones de que tal o cual aspecto debe invisibilizarse y no hacer ruido: la intimidad, en no pocos casos, ha funcionado al servicio de la represión, del famoso “de esto no se habla”. No es tan difícil reconocerlo si se advierte el escándalo de tantas almas bellas horrorizadas por todo lo que se hace público.
Este nuevo lugar para vivir tampoco se opone rígidamente al de costumbre. Se da la mezcla, el ir y venir que Winnicott consideraba una buena señal. A veces, predomina lo exploratorio; a veces, el buscar refugio y evasión defensiva. Pero los que se ceban en este último aspecto deberían tomar nota de los numerosos casos donde la pantalla permite a alguien profundamente inhibido, esquizoide o sujeto por barreras autistas, emprender esa tentativa de curación que Freud llamaba retorno a la realidad, revinculándose con partenaires y dobles a través de la imagen y el teclado. El carácter de lugar de encuentro está antes que cualquier consideración patologizante. Un nuevo lugar de encuentro, como lo fue en su momento el rock, invención de jóvenes y adolescentes, no sujeto a códigos montados por gente grande a través de una tradición superyoica.
Es imposible fijar o identificar con nitidez las direcciones que todo este movimiento puede tomar. Y se hace doblemente imposible si se lo analiza a través de un prisma nostálgico que signa todo cambio, toda mutación, como “pérdida” (de límites, de discriminaciones, de valores, de ideales, etcétera). Pero parece fundamentado considerar, en primerísimo término, los efectos ligados a la velocidad, incluso a la instantaneidad. La neutralización de las distancias no es sólo espacial: la niña ya no es aquella que nada sabría del erotismo y sus zonas tortuosas; su adolescencia se anticipa, si no la pubertad. Y la pantalla introduce en la supuesta placidez de la casa la noticia detallada de cómo asesinaron después de raptarla a una vecinita de la misma ciudad o barrio. Las condiciones de enunciación hacen que esto no tenga el mismo estatuto discursivo que las noticias policiales de los periódicos de hace medio siglo. Es un proyectil que hace un impacto mucho más “musical” en el cuerpo de los oyentes, es otro tipo de significante que el de la letra clásica. Introduce además una dimensión de lo anticipado, que Derrida fue el primero en trabajar cuando hablaba del duelo por anticipado y que aquí se aplica a lo traumático en general. Los pasos de una secuencia se comprimen o se superponen, la TV nos anuncia: “Esto te está por pasar a vos o a tu familia”. No se trata de una narración que eventualmente pudiera suscitar alguna identificación: es una información global de lo que está sucediendo, lo que está por acontecer, y no una noticia localizable en un pasado, así fuese cercano. La pantalla da acceso a un espacio heterogéneo y fragmentario; su consistencia es la de un manojo de contradicciones y yuxtaposiciones, sin aquellas relaciones lógicas que teníamos instituidas. A menudo, en la demonización imperante, se comete el error de imaginarla homogénea, hecha de un tirón, cuando se trata de un verdadero cambalache, solo que también en un sentido positivo que no estaba presente en Discépolo.
Un chiquito se despide de la sesión tocando un punto de la pared mientras murmura “pause”. Es su estilo de dejar en suspenso, hasta la próxima sesión, el juego que venía desarrollando. Un adolescente nos habla de que su amigo “se tildó” o de que tiene que “reconfigurar” la relación con su novia. Otra chica nos menta su “disco rígido”. No son meras maneras de decir, sino una nueva manera de imaginarizar el cuerpo, como antes lo fue la máquina (“se dio cuerda”; “esa mina es una máquina”; “el reloj biológico”); las “conversiones” a las que se refirió Freud respondían a una sintaxis mecanicista. Se trata así de diversas formas de pensar y sentir el cuerpo, y de producirle efectos bien específicos.
Los pacientes van descubriendo y proponiendo nuevos formatos de consulta y de tratamiento, que se apoyan en la no presencia y tornan anacrónico el “aquí y ahora” que se quiso esgrimir como esencial para la constitución de la situación analítica. Como era de esperar, niños y adolescentes van a la cabeza en la iniciativa de tales innovaciones, muchas veces por medio de los mecanismos más sencillos: una paciente de 15 años me llama para proponerme que hoy la sesión la tengamos por Skype; tiene prueba de lengua al día siguiente y perdería mucho tiempo viajando hasta mi consultorio. Otro chico pide lo mismo a raíz de una angina con un poco de fiebre. Un joven biólogo que se va a vivir a otro país descubre que no tiene por qué cambiar de analista o pasarse sin terapia si no quiere.
Lo de la pantalla, lo digital, no se reduce a un adelanto técnico entre tantos otros, ya que la pantalla supone un nuevo espacio donde jugar y disponer las cosas de la subjetividad, tal como en su momento el cuerpo de la madre o la hoja de papel. Un nuevo espacio de escritura de nuestra existencia. En él pareciera que lo verdaderamente singular de la experiencia narcisista –su dar lugar a “la vida propia de las imágenes”, parafraseando a Saussure– culmina en un grado e intensidad de realización sin precedentes.
* Texto extractado de Andamios del psicoanálisis, que distribuye en estos días Editorial Paidós.










Arte: Fotografías : Danieladrián

sábado, 30 de marzo de 2013


CONTRATAPA - de pagina12-30/03/13

La realidad vergonzante








 Por Osvaldo Bayer
El lunes pasado asistí, aquí en Buenos Aires, a uno de los actos más plenos de coraje y constructivos de los que he vivido en mi larga vida. El realizado en la Comisión Nacional de Valores, en la calle 25 de Mayo, plena de bancos y de vida financiera y de negocios. Se presentó allí un informe acerca de “Economía política, sistema financiero y dictadura”. Por primera vez una investigación a fondo de los delitos económicos cometidos por la última dictadura militar. Delitos que beneficiaron a militares y a los civiles colaboracionistas de la dictadura, casi todos ellos, empresarios de gran fuste. Sí, por primera vez se investiga este aspecto de la última dictadura que, a la vez que hacía desaparecer a seres humanos, se quedaba, en el caso de empresarios, con su fortuna, sus propiedades, sus acciones. Como digo siempre: en mis 86 años he conocido trece dictadores. Todos ellos, después de finalizar su poderío murieron pacíficamente en sus domicilios, gozando de sus sueldos de generales y almirantes y, por supuesto, de sus títulos militares. Esta es la primera vez que los dictadores y sus secuaces están en cárceles comunes y se investigan los delitos económicos cometidos durante sus mandatos. La única vergüenza para la Etica ha sido que Martínez de Hoz, el secuaz más penetrante de ese período de violencia e injusticia, murió en su edificio, el más lujoso de Buenos Aires, el Cavanagh. Y aquí la pregunta es: por qué si las cárceles argentinas todas tienen instalaciones médi-
cas no se lo envió a una de esas enfermerías carcelarias. No, Martínez de Hoz murió en su cama y en su edificio de aristócrata.
Pero vayamos al informe de la Comisión de Valores. Ese informe fue elaborado por tres profundos investigadores: Celeste Perosini, Walter Bosisio y Bruno Napoli. En la edición del domingo pasado de Página/12, Alejandra Dandán hace un profundo análisis de este informe. Y con esta nota quisiéramos ahondar en dar datos sobre el doloroso y patético proceso que debieron sufrir los empresarios Alejandro y Carlos Iaccarino, dos hombres que trataban de establecer un sistema menos explotador y más coherente, en cuanto a la distribución de bienes en torno de sus obreros y el cuidado de la naturaleza. Dos aspectos muy mal vistos por los empresarios clásicos y por la línea económica llevada a cabo por Martínez de Hoz y apoyada por las tres armas de la Nación.
Es increíble: todo está demostrado en actas oficiales y de los juzgados. Nada se puede desmentir. Los hermanos Iaccarino poseían una empresa lechera en Santiago del Estero. Su forma de administración era bien distinta a las demás empresas que dominaban el mercado. Eliminaban las intermediaciones, trataban directamente con los productores, a los cuales se les pagaba más, y con los obreros se mantenía un diálogo perfecto conformándose los empresarios con ganancias más bien modestas pero que les llenaban de orgullo frente a las fortunas de la competencia. Por supuesto, esto no fue soportado por los poderosos que tenían contactos con el jefe supremo de la Economía, Martínez de Hoz.
Los tres hermanos fueron detenidos el 4 de noviembre de 1976, acusados de conspirar contra los bienes de la Nación. Comenzó el martirio. Los hermanos Alejandro, Carlos y Rodolfo Iaccarino estuvieron en nueve centros clandestinos de detención y en catorce centros de detención oficiales. Sufrieron torturas de toda clase. Alejandro nos relata lo que es soportar la picana eléctrica en todos sus matices y el estar “colgados” mientras se les practicaban esas torturas. Lo que perseguían los torturadores era que renunciaran a sus propiedades y se alejaran para siempre de las zonas en las que desarrollaban sus tareas. Hasta que todo culminó con lo que perseguían sus enemigos económicos: la renuncia a sus empresas y propiedades. Parece increíble. Pero todo se hizo legalmente: vino la escribana a la cárcel y también quienes exigían quedarse con todo. Ahí se levantó el acta, de la cual tienen una copia dada por la escribana oficial. Dice el acta: Escritura Número 210, en la ciudad de Avellaneda, a once de noviembre de 1977, ante mí, Lía M. Cuartas de Caamaño, escribana titular del registro No. Uno de este partido y a solicitud de los requirientes me constituyo en la Brigada de Investigaciones de Lanús, con asiento en Avellaneda... etc. Y allí les dan el poder a dos personas que podrán vender al precio que ellos indiquen las propiedades de sus posesiones en Santiago del Estero. Tal cual, con nombres y apellidos. La pregunta es: ¿cómo una escribana pudo soportar que a dos presos del Poder Ejecutivo se les obligue a firmar en ese centro de detención conocido como El infierno? Esa señora escribana sigue ejerciendo su profesión ahora, como si nada hubiese pasado. Sí, esa acta fue firmada con la condición de salvar sus vidas y terminar con los tormentos. Cuando salieron de la cárcel habían perdido todas sus pertenencias.
Hay un detalle todavía más increíble: dos de los empresarios enemigos de los hermanos Iaccarino, Bruno Chezzi, presidente de las empresas Equino Química y de la compañía de Tierras y Hoteles de Alta Gracia, y otro empresario, Vicente García, quienes eran los que habían movido a Martínez de Hoz en contra de los hermanos, acompañaron a la escribana en esa oportunidad, para ayudar a convencer a las víctimas de firmar porque si no sus vidas peligraban definitivamente. O entregaban todos los bienes o terminaban en el Río de la Plata tirados desde aviones de la Marina. Como era costumbre.
Esto ocurrió en la Argentina. La misma que tiene un papa, una reina con corona y un rey de la redonda. Y los peores crímenes de la humanidad. De una crueldad inaudita. Permitidos y ordenados desde el poder. Nuestros militares, nuestra policía pero también nuestros empresarios, es decir, también nuestros civiles, los políticos que aceptaron sonrientes ministerios y otros cargos y que hoy viven y pasan su vejez muy tranquilos en sus countries. Y obispos que daban la comunión en la Catedral a los desaparecedores. Un período donde reinó la malicia y lo peor del ser humano: la crueldad extrema. Los hermanos Iaccarino colgados y sometidos a la picana eléctrica para que dejen sus propiedades a los del poder. Un tiempo que nuestros nietos no comprenderán jamás.
Los hermanos Iaccarino tendrían que ser paseados oficialmente por todas las ciudades y pueblos del país, por todas sus universidades, por todos sus centros culturales para que relaten sus experiencias de empresarios que habían cometido el pecado de desafiar a las grandes empresas con un nuevo método de comerciar, más humano y más democrático. El 20 de abril comienza el juicio contra sus últimos represores de El infierno y sobre cómo allí debieron renunciar a todas sus propiedades ante una escribana oficial. Ojalá que también se haga el juicio con los empresarios que se prestaron con la dictadura de la de-saparición de personas para engrandecer su poderío eliminando a la competencia. Por fin: juicio a los civiles y uniformados que faltaron de esa manera tan atroz a la dignidad humana.

Mas información: