Vistas a la página totales

martes, 11 de febrero de 2014

El mismo cielo, la misma lluvia

Mi padre, Domingo Ceballos Araya
Jugaba ajedrez , y recuerdo imágenes como esta 
concentrado ... juegan blancas


Mi nieto, Zai 
con las mismas piezas, concentrado...








Seguimos jugando... aunque todo parezca tan serio

                                   



Conocí y trabajé con Ariel Petrocelli, poeta , autor de obras inolvidables del cancionero popular argentino. Era un amante del ajedrez:



Ajedrez por milonga

Jugué ajedrez con la vida
Sin saber de la ventaja
Que llevaba en la baraja
En la primera movida
Comencé bien la partida
Mis piezas jugaban más
Y no sospeché jamás
La dolorosa celada
Tan solo en una jugada
La vida me dejó atrás.

Le llevaba alfil y dama
En final ya era mío
Y cuidé de no armar lío
Con los hilos de la trama
Pero se apagó la llama
De la encendida ilusión
En la mejor posición
la vida me dio las piezas
y con extraña destreza
me capturó el corazón.

Un peón en dama convierte
La guadaña presuntuosa
Y allí se cavó la fosa
La muerte en su propia muerte
Porque jugó de tal suerte
Que con la flecha de un jaque
Le llevé su rey al mate.
Con la voz neutra y fatal
Dijo en tono fantasmal
Es a muerte el desempate.

No es un juego, el ajedrez
Para jugarlo por nada
Mi suerte ya estaba echada
Del derecho o del revés
Porque no hay segunda vez
No se cura de esta herida
Al final de la partida
Me volvió a gritar la muerte
Soy la dueña de tu suerte
Y la dueña de tu vida.

Jugué ajedrez con el hombre
Buscando rival parejo
Para mirarme en su espejo
Y responder por mi nombre.
Pero que nadie se asombre
Del resultado final
Porque en la suma total
Ganó y perdió quien les habla
Otras veces hice tablas
Y anduve de igual a igual.

Por terminar con la historia
Del ajedrez y su juego
Se demuestra que no hay juego
Que pueda con su memoria
Va dando vuelta la noria
Por una y eterna vez
Se juega hasta la vejez
Pero al final del combate
Se gane, pierda o empate
Siempre gana el ajedrez.



sábado, 8 de febrero de 2014

Caimán

Caimán


 Por Noé Jitrik
El prodigioso Simón Díaz, que le supo dar a la canción llanera venezolana, secundado por el no menos insólito cuatro, un alcance poético que, cuando lo descubrí, me conmovió profundamente, mezcla de sabiduría y sentido del relato, en una de ellas arma una escena que tiene su miga. La resumo brevemente: alguien, cerca de un río, mira a una mujer que, desnuda, se baña sin advertir que la están mirando; como es la esposa de un amigo, el voyeur se limita a apreciar sus formas espléndidas, piel muy blanca, toda hermosura; de pronto ve que un caimán se le acerca sin que ella se dé cuenta y, veloz como el rayo, la empieza a devorar; el voyeur, espantado, no acude en su socorro, sino que corre a avisarle a su amigo que su mujer está en peligro; cuando ambos llegan, ella ya no está, el marido llora y el voyeur le dice que cuente con él para lo que sea que para eso están los amigos.
Además del humor y del encanto con que Díaz la presenta, la escena hace pensar porque alude a un cúmulo de situaciones vividas por todo el mundo y cuyo centro es una repudiable cobardía: ver que algo terrible está por suceder, escurrir el bulto y declararse luego consternado por lo que tal vez se pudo ayudar a evitar.
A partir de ahí un cúmulo de consecuencias. Puedo imaginar la primera, en la calle, ver que alguien cruza sin mirar mientras ruge el tránsito; no le dice nada y un auto se carga al distraído; es probable que el espectador se diga “lo vi venir” y se acerque al cadáver diciendo en voz alta: “¡Qué pena, tan joven!”. También puedo imaginar esta otra escena: alguien está parado en lo alto de un acantilado mirando el mar; detrás, otra persona, tal vez lo odia, tal vez ni siquiera eso pero, al verlo consciente del peligro, no lo hace retroceder, sino que avisa a la policía, o a la familia, que hay un cuerpo en el fondo del abismo. Así, innumerables posibilidades en las que es muy probable que todos hayamos incurrido alguna vez aunque, quizás, ojalá, sin semejantes resultados. Nuestra conciencia tiene la palabra.
Pero esto no termina en esas pocas escenas: se trata más bien de una situación paradigmática y clave que puede registrarse en diversos órdenes de la realidad, aunque siempre hay un sujeto “que sabe pero no avisa” y otro “que no sabe del todo lo que le puede pasar”, como la mujer de la canción, que tal vez podía haber presumido que por ahí andaban caimanes.
¿Es todo? Creo que hay tres posibilidades de entender esta escena a la que llamo “el caimán”. La primera es la que acabo de señalar: uno que mira, ve lo que puede pasar, no actúa y luego, hipócritamente, lo lamenta.
La segunda es la del que todavía no ha visto nada pero que avisa que algo va a suceder; son los diversos profetas, tanto los históricos, bíblicos u otros, o los meros políticos que sostienen que el desastre está esperando en la puerta del país y que quienes deben detenerlo no lo hacen. El caimán, en este caso, es virtual y hasta cierto punto es moral, pero si por casualidad lo que el profeta predijo más o menos se verifica, él no se manifiesta mediante el lamento, sino con la satisfacción del que “yo ya lo había dicho”. Es básicamente el modo en que actúan los llamados medios, periodistas de opinión, expertos de diverso tipo, preferentemente economistas y sociólogos que siempre afirman y que, al igual que los médicos, jamás reconocen que hablaron por hablar o, en el mejor de los casos, que se equivocaron o, más aún, que ya no piensan como lo hicieron antes. También desde luego algunos políticos: hay que reconocer que en este aspecto se ha destacado notablemente la doctora Elisa Carrió, aunque debe haber más ejemplos en diversos lugares del mundo.
La tercera es más complicada y permite volver al lamento posterior: el cobarde originario deviene un traidor que prepara la catástrofe: tiene en la mira un incauto o un débil a quien seduce para que emprenda el camino de su perdición, amasa con cariño las condiciones de la catástrofe y, cuando se produce, no sólo se beneficia, que para eso lo hizo, sino que viene a recoger los restos con la parsimonia de quien no tuvo nada que ver. En esta opción, la literatura, como siempre, se conduce con una riqueza ella sí seductora. ¿No reside en algo semejante la tragedia de Madame Bovary? El vendedor de telas “sabe” que ella no podrá pagar pero le sigue vendiendo hasta que ella, vencida por las deudas, se derrumba con el estrépito que conocemos, que hace que el tendero, que era tan servicial, se ponga moralista y emita grandes y razonables reflexiones, una sobre todo: “Por qué compra ropas caras quien no las podrá pagar”. Esas telas deslumbrantes, que habían maravillado a la incauta Ema, volverán a sus estantes sin haber sido ni siquiera probadas por la desdichada compradora. Y él se dirá: “Yo sabía que esto iba a ocurrir, lo lamento y prometo acompañar a sus deudos a su última morada”. En la obra de Shakespeare hay variantes de esta manera de caimanismo, la más complicada pero también la más perversa porque cala hondo en lo peor del ser humano pero, también, literaria y psicológicamente es la más interesante, las precedentes son en la comparación desdeñables.
Se dirá que el caimán es un ente puramente literario o que se manifiesta sólo en la literatura y, por lo tanto, que éste es un simple tema de amable conversación o de placentera lectura o de arrobada escucha o, en el límite, de diván de psicoanalista puesto que, se sabe, el ser humano es una mezcla indescifrable de lucidez y cobardía. Supongo que es más que eso y que hay innumerables situaciones de esta índole en todos los órdenes de la existencia, desde la del cónyuge que envenena a su pareja mientras, solícito, le da el medicamento salvador, hasta la de los consejeros políticos y los consultores económicos que, a sabiendas, administran el error mientras condenan la situación a la que sus consejos han llevado. Ni hablar, pero de eso hay que hablar, los empresarios.
Precisamente, y sin ir tan lejos, no puedo dejar de vincular la imagen del caimán con lo que ha pasado y pasa invariablemente en la economía de este país, quizá de todos los países, tema sensible y sobre el cual todos opinamos aunque no todos lo padecen. Me refiero a la vertiente de la traición deliberada, la de quienes crean, con diversas maniobras, tormentas de mercado, retenciones de exportaciones, un caimán de grandes dientes que nadan hacia donde pueden comerse a la doncella. Sabiendo perfectamente, porque hay mucha experiencia acumulada, que esas maniobras conducen a una crisis, mientras las están ejecutando y creando las condiciones para que la crisis se produzca, gritan “esto no puede seguir, hay que hacer algo”. Y ese algo en más de una ocasión apeló al patriotismo de un grupo de valientes generales que, alentados por los creadores del caimán, se alzaron para detener la caída al abismo del país a causa de las dificultades que ellos mismos habían creado. De golpe económico a golpe militar. Una nítida unidad conceptual sobre todas las cosas.
Desde hace casi un siglo se sostiene que el país no puede depender de la ganadería, que fue primero, y de la agricultura, que vino luego, pero también se sabe que gracias a ellas, que siempre fueron y son ingentes proveedores, muchas cosas fueron posibles para que pudiera seguir viviendo el país. Sustituir los recursos provenientes del exterior mediante el desarrollo de una industria fue una propuesta sempiterna que en alguna medida cambió algunos parámetros, pero no tanto como para que la agricultura y la ganadería no siguieran siendo los factores decisivos. Podría incluso leerse la historia del país como un conflicto no resuelto entre ambos sectores y, por eso mismo, puede verificarse que el vencedor siempre es el mismo, sabe que de él depende, por ejemplo, que las arcas del Banco Central puedan respaldar todo programa gubernativo, pero retienen las exportaciones, cortan el flujo de dinero y, entretanto, preparan la catástrofe para que, cuando llegue el día final, aparezcan compungidos prometiendo arreglar el desquicio que ellos mismos han generado, con alevosía y traición, exactamente como el tendero de Flaubert. Sólo que, pese a las montañas de cereales –que no son las cantadas “Montañas de oro” de Lugones–, que esperan en la fértil soledad de los campos argentinos anheladas devaluaciones y eliminación de retenciones, el país no es la señora Bovary, no se va a suicidar.





-


viernes, 7 de febrero de 2014

James Meek

Creí haber posteado este relato de Juan Forn; y al querer releerlo, no lo encuentro en mi blog. Tal vez ... bueno, lo real es que no recordaba la fecha de lectura, y si el autor era forn, jitrik, o... no pude encontrarlo en primera instancia en pagina12. 
Encontré el artículo buscando con palabras relacionadas a la primera guerra, siberia, rusia...y una parte que me impactó del mismo: cuando cuenta del estudiante en prision y la huida...
por aquí sigue el calor, así que viene bien postearlo:


Un cuento siberiano contra el calor

 Por Juan Forn

El calor no afloja, así que ésta va a ser una historia de horror: un poco de frío en el alma para equilibrar la canícula externa, como recomiendan los japoneses, especialistas en embellecer todo aquello de lo que se apropian. En este caso, la idea la sacaron de los mongoles, que se la habían copiado a los tártaros de Siberia, que sostienen que los peores cuentos de terror se cuentan al sol, al calor del brevísimo pero agobiante verano siberiano, que no cesa de noche porque no anochece, porque los cuentos de terror tártaros logran paralizar el tiempo y helar la sangre del que escucha. Estamos en la taiga siberiana, entonces. El año es 1919, y por esas carambolas absurdas de la Historia, un ejército de fantasmas llamado La Legión Checa tiene el control del Transiberiano. La Primera Guerra (que es la razón de que estén ahí) ya ha terminado en Europa, pero ellos siguen en Siberia. Y el confín del mundo se les ha subido a la cabeza, en forma de delirio: mientras el bueno de Tomás Mazaryk intenta sacarle permiso a Inglaterra y Francia para que las antiguas provincias de Bohemia y Eslovaquia del imperio austríaco puedan convertirse en la República de Checoslovaquia, La Legión anuncia desde Siberia que esa lonja de tres metros de ancho por nueve mil kilómetros de largo que va desde el fin de Europa hasta el Pacífico es suelo checo.
Esto mientras en Rusia había una salvaje guerra civil. Los bolcheviques habían tomado el poder, pero en el Ejército Blanco confluían zaristas, cosacos y mencheviques. Ambos bandos necesitaban el control del Transiberiano para vencer al enemigo, sin tren era imposible trasladar hombres y armas por ese territorio tan vasto, y por eso ninguno lograba imponerse al otro y a La Legión Checa a la vez (a quienes los blancos acusaban de haberse quedado con el oro de los Romanov y los bolcheviques odiaban aún más que a los blancos). La Legión Checa eran cincuenta mil desharrapados, vestidos con fragmentos de dos docenas de ejércitos, un bestiario de cuero y lana desparramado en lotes de cien por las poblaciones que había en cada una de los paradas del Transiberiano. Eran irremediablemente extranjeros, eran una incongruencia hasta para ellos mismos, pero no se movían de ahí. De la localidad de Yazik, por ejemplo. El capitán Matula, al mando de sus cien hombres (que entre todos suman 945 dedos de los pies, el resto perdidos por congelamiento), ha tomado el pueblo sin resistencia, porque lo antecedía la noticia de la matanza que perpetró en la vecina aldea de Staraia Krepost. Sus hombres, a lo largo de esos cinco años fuera de casa, han peleado por el emperador de los austríacos contra el emperador de los rusos, por el emperador de los rusos contra el terror rojo, con los cosacos y zaristas y mencheviques del Ejército Blanco y luego contra ellos, mientras se iban internando cada vez más en Siberia. Lo que ven los habitantes de Yazik en el sanguinario capitán Matula es sencillamente una nueva forma del enemigo inmemorial, y adoptan la misma táctica pasiva que repiten desde tiempo inmemorial: cerrar filas, simular obediencia y esperar que una nueva encarnación del Oscuro destrone al capitán Matula (esa nueva encarnación serán los bolcheviques, cuyas tropas están a veinte kilómetros de Yazik, del otro lado del bosque).
Me faltó decir que los habitantes de Yazik son en su mayoría miembros de las Palomas Blancas, una secta cristiana no violenta, que no come carne y sólo cree en la propiedad comunitaria y la asistencia mutua: una especie de amish siberianos, sólo que castrados o emasculados: el único derramamiento de sangre que aceptaban las Palomas Blancas era el que implicaba el cercenamiento de sus genitales. Como eran cristianos, pacíficos y reconstruían el pueblo cada vez que era arrasado, el zar los había tolerado, y como tenían contacto con los chamanes y espíritus del bosque, los cosacos no se ensañaban con ellos, sólo les decapitaban alguno cada tanto, pero les permitían que, cada vez que moría uno, emascularan a otro, y la secta no se extinguiera. Un poco el mismo procedimiento existía en La Legión Checa: cada vez que caía un oficial, el siguiente en la cadena de mando arrancaba las jinetas del muerto y adoptaba automáticamente su rango. Así había llegado a capitán el cabo Matula: arrancando jinetas a los muertos. Tenía veinticuatro años y sus ojos ya lo habían visto todo. Y entonces llegó el terror.
Una de sus patrullas trae arrestado a un fugitivo barbudo, pura piel y huesos. Dice que viene escapando de un gulag mil kilómetros al norte, lleva caminando ocho meses, pero eso no importa, lo que importa es que no huyó solo. Y cuando cuenta su plan de fuga hiela la sangre de los checos: él no es nadie, apenas un estudiante que llegó a aquel campo en Siberia condenado a diez años, no hubiera sobrevivido ni un invierno si no lo hubiera adoptado Samarin, a quien temían todos, hasta los guardias. Samarin se encargó de que el estudiante estuviera bien comido y picaba piedras a su lado y dormía a su lado también para protegerle el sueño, y cuando llegó la primavera lo arrastró con él cuando se fugó del campo. Pero el deshielo no había comenzado y no había nada que comer en la tundra y de pronto el estudiante comprendió que Samarin se lo había llevado con él como alimento. Desde entonces venía huyendo, pero Samarin le seguía los pasos de cerca, eso era lo que importaba, dijo el estudiante: que Samarin estaba cerca, y que estaba anhelante de carne humana. Porque Samarin era algo más que un caníbal: era La Destrucción misma. Hasta los chamanes del bosque lo habían percibido, dijeron las Palomas Blancas, que tenían sus maneras de mantenerse al tanto, de oler el peligro. Samarin era las cien mil maldiciones que el pueblo mascullaba diariamente contra su condición de esclavo. Samarin venía a terminar con todo. Medir a ese hombre con la misma vara que a la gente corriente sería como juzgar a una inundación por las víctimas que perecen en ella: las aguas vuelven a su cauce y la inundación desaparece, pero la tierra ya no es la misma, y Yazik no sería la misma cuando llegara Samarin.
Y de hecho no lo fue. Y la revolución se comió a sus hijos. Allanado el camino por Samarin, las tropas al otro lado del bosque tomaron Yazik y el Ejército Rojo tomó control del Transiberiano y ganó la guerra civil. Las Palomas Blancas duraron poco en la era soviética, pero no por motivos ideológicos: les descubrieron que tenían dos mil vacas escondidas en el bosque. La Legión Checa también existió: terminaron cediendo posiciones precipitadamente y retirándose al este hasta llegar a Vladivostok, y de ahí lograron embarcarse a Alaska, y cruzaron América y el Atlántico para llegar a su país. Hay quienes lo cuentan como una gesta; yo creo que tenían el oro de los Romanov, pero ésa es otra historia y los sobrevivientes de La Legión Checa se guardaron muy bien de revelarla. El capitán Matula no estaba entre ellos, su cabeza había rodado en el barro en Yazik. La historia la cuenta el inglés residente en Rusia James Meek en su novela Por amor al pueblo. Léanla, si quieren, y les va a bajar la sensación térmica diez grados.

Por amor al pueblo

de James Meek

RAFAEL NARBONA |

Traducción de Luis Murillo Fort. Salamandra. Barcelona, 2006. 416 páginas
James Meek (Londres, 1962) ha recuperado un fragmento de su historia para mostrar la impotencia del ser humano ante las perversiones de la política y la religión. La desintegración del despotismo zarista hundirá a Rusia en el caos. Yazik es un pueblo inhóspito en el que se han refugiado los restos de la Legión checa y la secta religiosa Palomas Blancas. Sus seguidores se consideran ángeles. Los genitales son la causa del pecado y la única posibilidad de recuperar la inocencia del Paraíso reside en la castración. Los nativos (tungús) de la taiga contemplan a los extraños con estupor. En vano, sus chamanes intentan restituir el equilibrio entre el Cielo y la Tierra.

La Legión checa es un cuerpo espectral, que, con la desaparición del imperio austro-húngaro, ha quedado fuera de la historia. Su comandante se niega regresar a casa. Es preferible gobernar un pequeño pueblo que regresar a la mediocridad. La aparición de Samarin, revolucionario anarquista fugado de un antiguo penal, rompe la insólita rutina de una comunidad sin futuro. Samarin advierte que le persigue El Mohicano, un peligroso delincuente que ha conseguido sobrevivir en la tundra recurriendo al canibalismo. La trama avanza con un prodigioso sentido del ritmo narrativo. Meek mantiene el suspense, sin renunciar a explorar las catacumbas de la condición humana. La estrafalaria teología de las Palomas Blancas nos confirma que el fanatismo religioso sólo produce infelicidad, pero sería un error contemplar su inmolación como un gesto de irracionalidad. El hombre pretende ir más allá de sí mismo y está dispuesto a destruirse. Los bolcheviques que asaltan Yazik son la otra cara de la utopía teológica, pues el marxismo no es política, sino religión. La desaparición de las clases y la propiedad privada justifican el genocidio de los enemigos del pueblo.

En medio de la violencia, aún hay espacio para el deseo irracional, o para el amor sagrado, con las dosis de horror de las religiones arcaicas. Anna Petrovna es la viuda de un húsar que se entrega a un hombre tras otro. El Mohicano convierte el canibalismo en un acto de amor. Devorar a un semejante sólo es una forma de comunión. Los cristianos se comen el cuerpo de su Redentor y los tungús celebran ritos que evocan un banquete primigenio, cuyo único plato eran los restos de reyes y dioses. Meek infunde verosimilitud al relato con una prosa poderosa, que funde reflexión y observación. Hay algo primordial, mítico, en su estilo, que sin embargo no borra la huella del periodismo, esa prosa fugaz, precisa, con voluntad de testimonio, que se esfuerza en no perder el hilo de lo inmediato. El conocimiento del alma rusa, familiarizada con el dolor y la impotencia, no es menos admirable. Por amor al pueblo es una magnífica novela, con la fuerza de los grandes relatos del XIX, con el escepticismo de la sensibilidad contemporánea, acostumbrada al fracaso de las utopías.


miércoles, 5 de febrero de 2014

Bernardo Kliksberg

Desmontando coartadas


 Por Bernardo Kliksberg *
Las 85 personas más ricas del mundo tienen hoy más que los 3600 millones de menores ingresos. El uno por ciento más rico tiene ya casi la mitad del producto bruto mundial. Esto contradice la ética más elemental. Cómo justificar lo injustificable. Han crecido las coartadas inverosímiles para legitimarlo. También, con la desigualdad, el peso del uno por ciento sobre las decisiones del Estado. Sin embargo, hay salida.

Actos fallidos y coartadas

El intento de esconder las desigualdades y las prácticas que las generan, a través de coartadas sin sostén, puede llevar a actos fallidos y declaraciones fuera de realidad. Son cada vez más frecuentes.
El más alto ejecutivo de un laboratorio multinacional líder discutía hace pocos días con autoridades de la India sobre la duración de la patente de un nuevo medicamento promisorio para algunos tipos de cánceres. La India tiene una firme política en proteger a la industria nacional de genéricos, una de las más pujantes internacionalmente, y para ello limita los plazos de las patentes y rechaza imposiciones de los laboratorios que tienden a desalentar o atrasar la producción de genéricos. Los precios de los genéricos son mucho más económicos que los impuestos por los laboratorios. La organización Premio Nobel Médicos sin Fronteras escribe: “Las patentes de medicamentos protegen a las ganancias de las empresas, no a los pacientes. La industria promueve muchos mitos para justificar sus altísimos precios”.
En medio de la discusión el alto ejecutivo expresó: “No creamos ese medicamento para los hindúes, sino para los occidentales que pueden pagarlo”.
Hubo una protesta frente a la casa de un alto ejecutivo de empresas tecnológicas de punta en San Francisco. Varias han hecho ganancias record y reciben múltiples críticas por bajos salarios, elusión fiscal, prácticas monopólicas. El ejecutivo envió una carta a un difundido medio afirmando que “la sombra del Tercer Reich se cernía sobre el área, estaba preocupado por una nueva noche de cristal, donde multitudes nazis iban a robar y matar”.
Cuando Obama criticó la especulación, que fue central en la caída de la economía americana en 2008/2009, y anunció regulaciones, uno de los dueños de uno de los mayores fondos financieros dijo que “era una guerra del presidente contra los empresarios similar a la invasión de Polonia por Hitler”.
The New York Times denuncia editorialmente (24/1/14) que “es un shock aprender del último informe del médico jefe de EE. UU. que por los cambios en los diseños y la composición de los cigarrillos, los fumadores tienen actualmente un riesgo más alto de contraer cáncer de pulmón y obstrucciones pulmonares crónicas que el que tenían hace 50 años, aunque fumen menos cigarrillos”. También “saber que algunos de los cigarrillos son más adictivos que los de antes, porque los fabricantes los han diseñado para llevar más nicotina a los pulmones para inducir y sostener la adicción”. Ante nuevas regulaciones, la interpretación de la CEO de Imperial Tobacco fue que esto “no era acerca de la salud, sino antiempresas... No es más una cuestión de la industria del tabaco, sino acerca del rol del gobierno”.
En América latina el uno por ciento repite que sus ganancias las consiguió en base a méritos personales. En cambio, los pobres lo son porque “no quieren trabajar”, “no les interesa el estudio”, “no tienen iniciativa”.
No funciona así. Algunas de las mayores fortunas se han construido en base a prácticas que significan generar pobreza, como entre otras la especulación, el acaparamiento, las acciones monopólicas, los bajos salarios. Además, las posibilidades de pertenecer a los más ricos son totalmente diferentes según donde se nació. De acuerdo con un estudio (Corak, 2012) realizado en Perú, que tiene un Gini elevado de 48,3, dos tercios de lo que gana una persona se relaciona con lo que sus padres ganaron en el pasado. En otros países latinoamericanos aún es peor.

La cooptación del poder

Oxfam sabe de pobreza. Trabaja desde hace 70 años enfrentándola y está presente en 90 países. La prestigiosa ONG publicó Gobernar para las élites (20/1/14).
Ante la escalada en las desigualdades advierte que “a menos que se adopten soluciones políticas valientes que pongan freno a la influencia de la riqueza en la política, los gobiernos trabajarán en favor de los intereses de los ricos y las desigualdades seguirán aumentando”.
Así lo perciben los ciudadanos. En una encuesta que realizó en varios países, la gran mayoría piensa que “los ricos tienen demasiada influencia en el rumbo del país” y considera que “las leyes están diseñadas para favorecer a los ricos”.
Uno de sus ejemplos es el avance de las políticas de austeridad en Europa a pesar de las protestas masivas de la ciudadanía. El 10 por ciento más rico ha aumentado su participación en el ingreso nacional. En la India los multimillonarios pasaron de tener el 1,8 por ciento del ingreso en 2003 al 26 por ciento en 2008. La mitad de las fortunas se generaron en sectores “rentistas”. Las normativas económicas a favor de las elites fueron esenciales. Por el otro lado, el gasto público en salud es menor al uno por ciento del PIB.
En Africa con nuevos descubrimientos de materias primas claves denuncia: “... En demasiadas ocasiones las industrias extractivas, con la complicidad de funcionarios corruptos, están robando a Africa su riqueza y su potencial para el gasto social”. Uno de los países más pobres del mundo, Níger, tiene como principal exportación el uranio. Las desgravaciones fiscales que concedió a las multinacionales hacen que el uranio sólo aporte del 4 al 6 por ciento del presupuesto público. Mueren 143 niños de cada 1000 antes de cumplir los 5 años. En Zambia, aunque las exportaciones de cobre fueron de 10.000 millones de dólares, el Estado sólo recibió 240. El 69 por ciento de la población está en pobreza extrema.

¿Se puede cambiar?

Para lograr cambios reales los gobiernos deben trabajar para la gente, y es necesario desmontar las coartadas para desacreditarlos. Una favorita en América latina es apodar como “populismo” a todo cambio a favor de las mayorías.
Oxfam tiene un ejemplo de que los cambios son posibles. Dice: “El caso de America latina mantiene viva la esperanza de que la tendencia mundial hacia el incremento de la desigualdad puede revertirse. A pesar de que históricamente ha sido la región más desigual del mundo, es la única que ha conseguido reducir la inequidad en la pasada década”. Menciona entre las políticas virtuosas “el aumento de la recaudación fiscal ‘más rápido del mundo’, el aumento del gasto social, la especial atención al gasto en educación y salud, la elevación del salario mínimo”. En países como Brasil, Argentina, Uruguay, Ecuador y otros falta mucho, pero hay reducción de desigualdad y pobreza. ¿Cuál fue el secreto? Oxfam saca una lección: “La política ciudadana ha sido fundamental en la consecución de estos avances, ya que representa a la mayoría de la población en lugar de estar en manos de una pequeña elite”.
* Presidente de la Red Latinoamericana de Universidades por el Emprendedurismo Social

Oxfam - Scarlett Johansson


Oxfam acepta la renuncia de Scarlett Johansson
Publicado : 30 Enero 2014

Oxfam ha aceptado la decisión de Scarlett Johansson de dejar de ser embajadora internacional de la organización tras ocho años de colaboración. Desde Oxfam, le agradecemos enormemente toda su contribución.

Oxfam respeta la independencia de sus embajadores y embajadoras. Sin embargo, que la sra. Johansson haya aceptado ser la imagen publicitaria de la empresa SodaStream resulta incompatible con su papel como embajadora internacional de Oxfam.

Desde Oxfam creemos que las empresas que, como SodaStream, operan desde asentamientos israelís agravan la pobreza y las violaciones de los derechos de las comunidades palestinas a las que apoyamos a través de nuestro trabajo. Así, Oxfam se opone a cualquier actividad comercial que provenga de estos asentamientos, ilegales conforme al derecho internacional.

La sra. Johansson comenzó su colaboración con Oxfam en el año 2005 y en 2007 se convirtió en embajadora internacional. Desde entonces, nos ha ayudado a dar a conocer las consecuencias de los desastres naturales, así como a captar fondos para contribuir a salvar vidas y combatir la pobreza.



Palabras clave:
Global Ambassadors
Scarlett Johannson

Permalink: http://oxf.am/wd3